domingo, 17 de agosto de 2008

Ganar

Es mi forma de sentir que la vida no es una competencia deportiva.

Pero también es mi forma de sentir que, al menos en el lugar en el que vivo, parecería que sí lo fuera. 

En medio de un año difícil para los argentinos, la recesión y la inflación salen de visita tomadas de la mano. La gente consume menos, se fija mucho más en los precios y en la calidad de los servicios y productos que adquiere, y se queja constantemente porque los precios no están quietos durante más de unos minutos, si la suerte acompaña o la inflación se distrae. 

"Tuve que aumentar", dice alguien. "El proveedor que me vende las telas me aumentó dos veces esta semana, así que no pude mantener el precio", dice algún otro.

Los precios siguen subiendo. Y el país sigue bajando. Quiero decir: hundiéndose aún más dentro del pozo del que sólo un milagro que no podemos seguir esperando nos haría salir. 

El milagro que no podemos esperar que pase afuera somos nosotros, está dentro de cada ser humano del universo. El milagro de conectarnos con un alma a la que abandonamos o con la que jamás hemos hecho conexión.

Me pregunto: "¿no hay nadie que sea capaz, o que esté dispuesto a ganar un poco menos?".

No digo perder, no digo pasar hambre, no digo ahorcarse.

Digo ganar un poco menos. 

Digo cobrar conciencia de que la única forma de que algún día empecemos a dejar de hundirnos es que también algún día empecemos a dejar de hundir al otro. Que dejemos de patear la pelota para adelante, y dejemos también de decir: "yo aumento, que se arregle el que me compra". 

No quiero discutir. No soy experto ni en política ni en economía. 

Y estoy seguro de que a los efectos de esta reflexión no es necesario serlo.

Sólo deseo sembrar una semilla en un suelo que parece de piedra, pero que quizás en algún rincón sea fértil y esté esperando el momento de mostrar su fecundidad. 

Todos aumentan. Todos. 

Y la gente, en algún momento, tiene por fuerza que dejar de comprar. O bajar sus pretenciones en cuanto a la calidad, o a la cantidad. 

Siempre he sido un artista caro. Mis clientes han tenido que esforzarse para contratar mis servicios, invariablemente. Jansenson es un "producto" para los que pueden, para los que tienen, para los que no padecen problemas de "escasez". 

Pero este año, habiendo comprendido lo que nos está pasando, resolví achicar aún más mi escueta estructura para poder brindar un servicio aún de mejor calidad que antes, a un costo sustancialmente menor. Bajé los precios de mi trabajo, en orden de colaborar con que la gente pueda seguir contando conmigo en sus festejos, en sus reuniones. 

Aún así este año ha sido, hasta ahora, uno de los peores de mi carrera en cuanto a la cantidad de trabajo que he tenido. Un año de poquísimos festejos, de casi ninguna inauguración, de silencios eternos en mis líneas telefónicas. 

Y gracias a esos silencios pude escuchar la voz de mi alma que dice: ¡por fin!

Mi alma, pudorosa, que pregunta: ¿hasta cuándo puede seguir siendo verdad una mentira?

"¿Hasta cuándo puede seguir siendo verdad una mentira?"

En Argentina cualquier persona común tiene un auto extraordinario. 
En Argentina cualquier persona que vive con un magro sueldo tiene un par de zapatillas que envidian los corredores profesionales. 
En Argentina cualquier persona se hace empresaria y millonaria de un día para el otro.
En Argentina cualquier persona habla de economía y de política con una seguridad que envidiaría para sí el filósofo más pintado.

En Argentina nadie tiene la culpa de nada. 
Y el Gobierno y "los otros" tienen la culpa de todo.

Los otros son mi socio, mis empleados, mi esposa, mi hijo, mi trabajo, mi jefe, el clima, los sindicatos, el campo, los piqueteros, los proveedores, los clientes, los periodistas, los medios, los productores, los empresarios, los capitales del exterior, las exportaciones, el petróleo, la vaca loca, las tasas de interés, los plazos fijos, la inflación, el dólar, la deuda externa.

Argentina no es Suiza. Argentina no es Alemania. Argentina no es Estados Unidos. 

Alguien en algún momento nos ha hecho creer que sí lo somos. O que podemos serlo. Ya mismo. Sin que cambie nuestra situación, sin que cambie nuestra cultura, sin que nos eduquemos, sin que nos merezcamos, sin que medie ninguna guerra o crisis monstruosa. Ahora mismo, sin demoras, ser Bélgica, Australia, Rusia, Japón. Sin hablar el idioma, sin tener el respaldo, sin haber pasado por sus enfermedades, ni sus explosiones, ni sus hundimientos.

¡Ya somos Platinum! ¡Ya somos VIP! ¡Ya somos Primer Mundo!

Ya podemos gritar, exigir, mandonear, sobrar, triunfar.

No queremos dar el brazo a torcer. No queremos hacernos responsables de nada.

No queremos ser humildes, no queremos reconocer quiénes somos en verdad. No queremos ceder, aceptar, resignar. 

No queremos hacernos cargo.

Ni del aumento del proveedor, ni de la falta de recursos del cliente. 

No somos capaces de parar en serio, de una vez por todas, y de comprender que sólo ganando todos un poco menos en una época de crisis como ésta, es como vamos a poder salir adelante cuando la tormenta cese, las nubes se abran y el cielo se despeje.

Sólo comprendiendo cuál es nuestra verdad y cuáles han sido nuestras mentiras. 
Comprendiendo que la más triste de las verdades es más luminosa y sana que la más glamorosa de las mentiras. 

Pero ni siquiera pido una comprensión total ni una revolución histórica. 

Sólo pido que ganemos un poco menos. 

1 comentario:

  1. Hola Querido Amigo,
    Soy de aquellas que te han seguido alguna noche por la TV cuando sin horario fijo encontraba tu programa. La sensación de calidez que brindas es única y humana, de esta dimensión, aunque no es fácil de encontrar en estos días.
    Es cierto, todo aumenta en este país, nadie quiere perder, pero ¿cuántas veces muchos de nosotros tenemos tantos roles y profesiones y sin embargo, honestamente, no podemos vivir de ellas?
    Y aún así seguimos haciendo lo nuestro, por que no concebimos la vida de otra manera.
    Y sí, hay que pagarle al carnicero, y la obra social ó la mágica tarjeta de plástico que pareciera nos salva en el momento, pero nos las hace pasar negras cuando llega la fecha del vencimiento...
    Si todos colaboraramos, podríamos vivir dignamente. Este es uno de los mejores países del mundo para vivir, siempre y cuando uno gane lo necesario para pagar sus cuentas y darse algún gustito, como por ejemplo ir de vez en cuando a un espectáculo como el tuyo y visitarte, para salir con aire renovado a encarar el duro mundo que hoy nos toca vivir. Un sincero abrazo de corazón. Silvia.

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