sábado, 6 de septiembre de 2008

René.


Mucha gente me pregunta si René Lavand vive.

El lunes pasado tuve el privilegio, una vez más, de compartir tiempo de gran calidad en su compañía. 

Me reía acordándome de la recurrente pregunta. 

Vive. 

Y vive más intensamente, más apasionadamente, más profundamente que la mayoría de los seres humanos que he conocido.

No sólo vive; ha hecho un culto, un ritual, una ceremonia de la vida.

Y representa, para mí, mucho de aquello que el mundo ha ido perdiendo en los años que llevo de vida y que extraño tanto y reencuentro con tanta alegría cuando nos reencontramos.

En Septiembre de 2008 cumple 80 años.

Está preocupado al respecto de si debe seguir trabajando o debe dejar. 

Dice que una persona puede retirarse cuando está en subida, o cuando está en decadencia. Que él quiere retirarse cuando todavía está creciendo, para no tener que hastiar al público con su decadencia. 

Nos preguntamos, juntos, cómo saber cuándo una cosa se transforma en la otra. 

No hemos podido hallar la respuesta. 

Yo aporté mi granito de arena: hace poco tiempo he tenido oportunidad de ver su trabajo en la televisión de diferentes países durante los últimos veinte años. 
Encontré, con gran placer, que está infinitamente mejor ahora que nunca antes. 

Y él me cuenta que vio un video similar, que le regalaron unos seguidores suyos, y sintió exactamente lo mismo.

Dio una conferencia de casi dos horas. No explicó mucho de sus técnicas; después de todo, ¿a quién le serviría aprenderlas?
"Estuvo" allí.
"Se" brindó.

Contó anécdotas, revivió historias, respondió preguntas. 
Y luego se quedó allí durante una hora más, firmando autógrafos y posando para las fotos. 
Y más tarde fuimos a cenar juntos.
El tenía apenas tres horas de sueño y media hora de siesta.

¿Vive?

Vivir es una palabra que casi le queda chica. 

viernes, 5 de septiembre de 2008

Premios y Castigos

Dicen los cabalistas que el libre albedrío que nos ha sido concedido a los seres humanos va acompañado de un sistema de dilatación en los premios y castigos. 

Después de todo, si a una acción "buena" (o luminosa) le siguiera inmediatamente un premio, y a una acción "mala" (o caótica, oscura) la sucediera sin demoras un castigo, el ego perdería todo su poder y los seres humanos, aún los menos privilegiados en el reparto de caudales de inteligencia y sentido común, ya no tendrían dudas, no caerían en tentaciones, no "pecarían" ni tirarían papeles de caramelos en la calle. 

Este sistema de premios y castigos diferidos, permite que a una acción luminosa la suceda un castigo, a otra acción luminosa la suceda otro castigo, y luego que a una acción caótica la suceda un premio. 

Así, los asesinos no son castigados, los bondadosos no son premiados, los inescrupulosos parecen gozar de una tremenda impunidad y los seres de buen corazón padecen las mil y una decepciones. 

A esta introducción le sigue una hipótesis casi obvia: se debe hacer el bien simplemente porque está bien, y no se debe hacer el mal simplemente porque está mal, independientemente de que uno reciba premio o castigo según sea el tenor de su obra. 

Nos pasamos la vida sopesando los riesgos de faltar a la ética en función de un probable castigo, y también dando y regalando a la espera de un premio divino. Y como premios y castigos se confunden en orden y en secuencia, nos sentimos confundidos al respecto de qué caminos debemos tomar, qué decisiones serán más sabias si al final lo que deseamos es el premio del éxito, la felicidad y el amor para nuestras arcas. 

¿Debo hacer el bien, cuando los buenos al final no reciben más que desprecio y pobreza? ¿Debo despreocuparme y obedecer a mis más oscuros instintos, siendo que los malos nunca deben rendir cuentas de sus acciones?

Se debe hacer la luz. Sin importar nada más que el deseo de que el mundo sea un lugar luminoso, cueste lo que cueste y suceda lo que suceda. 
Al menos así lo siento yo. 

Son tiempos de premios, para mí.

Pienso que puede tener que ver con un pago diferido de buenas acciones del pasado.
Luego me imagino que quizás se deba a que mis expectativas y deseos al respecto de premios y castigos ha cambiado radicalmente a lo largo del tiempo.
Más luego me pregunto si los premios de hoy no serán incentivos correspondientes a futuros pedidos de sacrificio de la luz.
Después, esbozo un: tal vez... lo que entiendo como un premio ahora dentro de poco tiempo me será revelado, en retrospectiva como un castigo.

O a lo mejor el libre albedrío no es más que otra ilusión, y lo real es que vamos todos juntos, inevitablemente, hacia el único y triste lugar en el que sólo existe la inexistencia. 

Nada se puede obtener. 
Nada nos pertenece.
Nada se nos puede quitar.

Jansenson Magia

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