domingo, 13 de junio de 2010

Creer o reventar

Se puede dejar todo en manos de Dios?

Los seres humanos somos pequeños, emocionalmente inestables e imperfectos por naturaleza. Se nos define por lo poco que podemos lograr cuando estamos programados en nuestro modo egocentrismo.

Ayer salí de mi departamento y dejé las llaves y el teléfono celular adentro.
Era muy temprano aquí en Los Angeles y estaba por empezar el partido, así que casi sin dedicarle un instante de meditación me fui a lo del vecino francés de al lado, le golpeé la puerta hasta despertarlo, le pedí que me dejara entrar a su cocina, revisé todos los cajones, tomé un cuchillo japonés y me fui a representar el papel de Jack Bauer frente a mi cerradura. Un americano se habría quedado quieto, atónito, frente a una puerta que se ríe frente a la impotencia del aturdido ser humano.

Un argentino hizo lo que normalmente hace: puso su creatividad en juego para solucionar un problema que no podía ser tan complejo.

La puerta se me rió a carcajadas.

Y tuvo que vestirse y bajar el vecino de arriba de todo, ese que parece que nunca duerme, evidentemente ducho en estas lides, a ponerle su magia a una situación humanamente imposible de resolver. Lo hizo con otro tipo de herramienta, evidentemente idónea, que abre todas las puertas sin importar si son de cincuenta cerraduras.

Dejé de disfrutar y de ver fútbol cuando la selección que dirigió Passarella decidió no atender a los periodistas. Se rompió algo dentro de mí, sentí que el alma había abandonado los cuerpos de sus participantes, sentí que la selección argentina había perdido la magia. Ver las caras de los jugadores bajando del micro, saliendo del vestuario o cantando el himno me hacía doler. Y un día, no recuerdo exactamente cuál pero quizás haya sido cuando Ortega se hizo expulsar frente al arquero de Holanda (los detalles estadísticos no son mi fuerte y a los efectos de esta reflexión tienen nula importancia), apagué el televisor y me dije: “hasta acá llegué”.
El fútbol me empezó a esquivar sin que mediaran equipos, colores ni apellidos. Dejé de ser un aficionado activo para pasar a ser un ateo del deporte de la pasión, que para mí se había perdido.
Y así también se perdió para la selección argentina: no llegó muy lejos su camiseta durante los siguientes desafíos. No se sintió el rigor y la superioridad de nuestro equipo en los partidos y torneos que los nuevos y viejos directores técnicos y jugadores emprendieron por el mundo. Los jugadores argentinos, casi sin excepciones, brillaron en sus equipos y desaparecieron en la selección. Los analistas revolvieron cielo y tierra para encontrar respuestas, pero entre todas las hipótesis que barajaron sólo atinaron a soslayar la verdadera explicación, el verdadero motivo. Y lo hicieron cuando se pusieron a jugar, a ridiculizar la situación, y hablando de quien es hoy el guía de la camiseta celeste y blanca dijeron: “Dios ya no juega para Argentina”.
Yo creo que tuvieron razón en todo. Pero Dios dejó de jugar para nosotros el día en que dejamos de creer en Su Poder. Desconectados del alma que nos ha sostenido siempre como equipo, como país y como individuos, perdimos el Norte, perdimos la efectividad, perdimos la gracia. La Gracia Divina, que le llaman.
En el mundial anterior nos miramos cientos de veces entre nosotros, frente al televisor, atestiguando la impotencia de nuestro equipo y atestiguando la impotencia del mejor jugador del mundo, a ojos de muchos en aquél momento demasiado joven, demasiado inmaduro para hacer la diferencia, para rendir en toda su capacidad, para aportar la “madurez” que falta en la adolescencia. Entonces tuvimos la madurez, pero adolescimos de otras cosas mucho más importantes, fundamentales, en realidad. Messi se pasó el mundial en modo “stand by”. Era como si los demás (técnicos, compañeros) no hubieran sabido qué había que hacer con él.
Pero dicen que hace falta uno para entender al otro. “Takes one to see one”.
Y entonces apareció otra vez Diego Maradona.
Entonces apareció Dios, vestido con la camiseta argentina, con todo su esplendor y esa sonrisa que encandila, a devolvernos lo que nos ha pertenecido desde siempre: la magia que puede conquistarlo todo.
Maradona sabe exactamente lo que necesita el mejor jugador del mundo para lograr lo que nadie más puede lograr. El lo tuvo, él lo hizo, él lo pudo. Y estoy convencido de que la soberbia no tiene nada que ver con esto que digo, es simplemente la ley natural de la vida, manifestándose plenamente. Hay en el medio de la cancha un jugador que, si es necesario, tiene en su alma la capacidad de convertir el agua en vino para ganar un campeonato. No puede hacerlo sin rituales, no puede hacerlo por los motivos equivocados, no puede hacerlo absolutamente todas las veces que lo desee. Pero ya lo hizo antes, y lo va a volver a hacer.
Maradona sabe que no se puede poner un auto de carrera a andar por las calles de la ciudad, que no se puede meter en un monoambiente a un caballo salvaje y pedirle que haga lo que hace un animal doméstico.
Los directores técnicos anteriores han hecho en parte bien sus trabajos; han intentado hacer jugar al equipo argentino como un verdadero equipo: cada jugador cumple su función, existe una estrategia y una táctica, hay reglas de juego básicas que respetar y nadie tiene privilegios en el grupo.

Así nos fue.

Ayer algo me hizo emprender una locura: intentar abrir una cerradura con un cuchillo de cocina para llegar rápido a encender la televisión.

Otra vez.

El partido no fue muy bueno como no fue excelente el resultado, pero me quedé pegado frente a la pantalla durante los noventa minutos y al final del partido sentí que no quería que terminara el juego. Porque el fútbol volvió a ser un juego, en el que se cuida lo que hay que cuidad lo mejor que se puede cuidarlo, pero se sale a jugar a la pelota, a intentar meterla en el arco de enfrente. Se intentó mucho. Se logró poco. Se logró mucho.
Me encantó verlo a Maradona jugar el partido desde afuera de la cancha. Me emocioné con sus saltos, sus gestos y sus monerías. Me volví loco cuando Messi hizo lo que todos esperábamos y que evidentemente en este mundial su técnico lo dejó y quizás animó a hacer: magia.
Una magia que está de vuelta entre nosotros. Lo dicen los periodistas cuando escriben sobre el partido en un tono distinto y con un gran respeto, pero sobre todo con un sutil entusiasmo que hace mucho tiempo no se veía en quienes saben de fútbol y tienen la tarea de escribir o decir sobre la selección nacional.

No veo la hora de encender la tele otra vez y ver salir al equipo a la cancha para jugar el segundo partido del campeonato.
No siento incertidumbre al respecto del resultado. En lo que a mí concierne, Argentina ya es campeón mundial.

A veces se puede abrir la puerta con un cuchillo de cocina.
Pero otras veces hay que dejarse de joder, abandonar el ridículo y soberbio papel del monigote sabelotodo y permitir que el vecino de arriba se ponga la camiseta y baje a darnos una mano con la llave maestra que abre todas las puertas.

Siento que en este mundial el vecino de arriba de todo se volvió a poner la camiseta de nuestro país. Lo adelantó la gente de la cerveza con un aviso que parece premonitorio.

Cómo será participar de un mundial con un Dios que está al mismo tiempo adentro y afuera de la cancha?

Todavía falta casi todo.

Pero la magia está de vuelta.

Así que no falta casi nada.

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