domingo, 4 de julio de 2010

That's all folks!

Mi abuelo Lázaro siempre decía que mi abuela Sarita era la mujer más extraordinaria del mundo.
En cuanto ella realizaba con evidente solvencia la tarea más insignificante -como poner los topes de felpa entre el vidrio y la madera de la mesa- él juntaba las manos como en un rezo, miraba al cielo y agradecía por la bendición recibida con el nombre de mi abuela, al tiempo que ella despreciaba sus comentarios siempre con el mismo gesto, como quitándole importancia a sus palabras, como queriendo hacernos notar cuán exagerado le parecían sus elogios.
Me encantaba presenciar la escena, una y otra vez. Nunca supe por qué.

Hoy supe.

Para que, durante la actuación, la magia pueda "ser" verdadera es indispensable dejar descansar a la racionalidad y a todas sus leyes, rendirse ante el sonido de la flauta y avivar con leños de inocencia el fuego que el mago enciende al agitar su varita de madera.

De la misma forma en que mi abuelo ponía en la figura de mujer que representaba mi abuela una carga de entusiasmo que rebalsaba sus verdaderas cualidades y sostenía estoicamente su devoción mucho más allá de sus ganas, de su estado de ánimo o de cualquier circunstancia externa, yo firmé con la Selección Argentina para este mundial un convenio de entrega, pasión y compromiso sin condiciones.
Disftuté enormemente del juego mientras duró. Y en muchos momentos, tal vez sólo para que la fantasía tuviera un poco más de consistencia y visos de realidad, incluso llegué a sentir en mis entrañas que era posible, que lo evidente podía llegar a no manifestarse nunca y lo quimérico podía esquivar los escrutinios más exigentes y simplemente suceder.
No ignoré ni por un segundo todo lo que los periodistas y expertos se cansaron de sugerir a media voz desde que empezó el campeonato –no podían gritarlo a los cuatro vientos mientras Argentina siguiera ganando-, sino que decidí honrar la película que elegí para ver y cuyo montaje me pareció digno de celebración, sabiendo que el final podía llegar a ser triste y teniendo plena conciencia del inminente sufrimiento que esperaba agazapado la oportunidad de manifestarse a sus anchas apenas los hilos de las marionetas quedaran a la vista.
El estrepitoso golpe recibido trae consigo una gran cantidad de lecciones para aprender, siempre y cuando uno desee sacar provecho de la desgracia, cosa que muy pocas veces sucede.
En principio, es indispensable reconocer que se puede elegir libremente cómo vivir cada momento de la propia existencia. Se le puede decir “no, gracias” al escepticismo y a la realidad y “adelante, pasen” a la fantasía y a la magia.
Gracias a gente que toma una decisión así, aunque sea durante una hora, he vivido holgadamente durante los últimos veinte años de mi existencia.
Se requiere un gran coraje para vivir así. También se requiere una gran ingenuidad, y por supuesto es indispensable tener una gran capacidad para absorber los golpes cuando lleguen, para asumir la realidad cuando las luces de la sala se encienden y ya no queda más remedio que aceptar que el juego ha terminado.
Alemania hoy dijo en voz fuerte y clara “game over”. Y hubo que bajar la cabeza, tomar el abrigo y emprender, en un respetuoso y resignado silencio, el largo camino de vuelta a casa.
Como dije a su debido tiempo, me siento orgulloso de no ser periodista y de no tener que negociar con el escepticismo cuando no deseo hacerlo, de poder soltar amarras para que el barco de mis emociones sea arrastrado por la imprevisible tormenta de la vida.

Siento la certeza de que ha valido de lejos la pena.

Que va a valer - penar - por lo intensamente disfrutado.

Las heridas seguirán sangrando y doliendo bastante rato, y probablemente tenga que pasar un tiempo antes de que pueda y desee volver a lanzarme a la aventura.

No encuentro en mi alma ni una sola sombra de arrepentimiento ni de duda.

Dijo Román Iucht en su comentario posterior al partido: “Una lección para aprender: no somos lo que creemos ser. Un poco de humildad…”

Dijo Rob Hughes, en su nota de The New York Times: “Gracias Diego por la alegría”.

Dijo Cristina Pérez en su nota en Perfil: "El Genio no se contagia".

Se terminó la magia de este mundial para la Selección Argentina. Qué emocionante fue disfrutarla.

Y qué emocionante fue creer que podía durar para siempre.

Puede.

That's all folks!

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