martes, 14 de septiembre de 2010

Agua de lluvia

Hoy no quiero. No puedo. No sé.

Soy agua de lluvia que cae sobre mi paraguas automático demasiado pequeño, demasiado prestado.
He desteñido mis zapatos antes de que lo hiciera la tormenta. Quería lograr en ellos un efecto de distintas tonalidades, lo mismo que lo he logrado conmigo: convivo, mientras camino por Salguero esquivando las baldosas rotas, con la dicha y la tristeza, certeza, desolación. Diferentes tonalidades: melancolía, impaciencia, enojo y fastidio. Angustia en degradé, una pincelada de incertidumbre para agregar profundidad, una gota de extrañeza en mi propia ciudad, en mi propia casa. Más desolación, porque cada baldosa floja y cada noticia terrible (hoy han sido varias) me devuelven a la devastada ciudad que Roman Polanski concibió para que el pianista de Adrien Brody padezca, para que yo padezca. Y para sazonar, desazón.
Camino contra el tráfico, lo mismo que mi corazón.
Siento que he ido dejando partes de mí en la ruta, que en este tramo soy menos que un hombre entero. Un hombre parcial, sosteniendo no sólo un paraguas demasiado pequeño y demasiado prestado, sino también una conciencia demasiado pequeña y demasiado prestada.
Conozco todas las teorías. Son perfectas hasta que, igual que yo, se sienten abrumadas, abofeteadas por la práctica.

Soy un vacío de a ratos poblado. Levanto mis ojos al cielo, y encuentro un vasto vacío entre las gotas; no corresponde con el sonido habitado de agua golpeando en mi paraguas y mojando mi ropa. Hay más espacio que agua, que lleno.
Me siento habitado, pero soy un inquilino ausente. Miro hacia dentro de mí y veo una cama deshecha, ropa tirada, dos perchas ocupadas, un sombrero colgando del respaldo de la silla y unos papeles sobre la mesa. En el baño, un cepillo de dientes todavía mojado y una toalla todavía húmeda.
Pero yo no estoy allí, sólo me representa un perfume que nadie compra y que nadie vende, y una ráfaga de mi presencia abrumadoramente negada por mi ausencia.
Soy una paleta de acuarelas grises, si bien creativos tonos de grises, si mal sin color. Soy un pincel teñido que no ha pintado, que no ha expresado su arte ni liberado su presa.
Soy un coche andado y abandonado, que espera la próxima oportunidad para llevar a alguien a algún lado.
Soy un muerto que camina, que se moja y que se mancha. Que respira. Pero soy un muerto al fin, cuyas partes han sido donadas, separadas, perdidas, entregadas.

En Los Angeles ha quedado atrapado mucho de mí, pero no hay reclamo que valga.
Como Ítaca, me ha dado todo sin pedirme nada.
Allí hay un hombre con calzas que ensaya todos los días frente al café francés (el café francés de la tarta de seis vegetales y la leche de almendras que hace grumos pero no está vencida). Un hombre sucio, que huele que apesta, que se prepara para un concurso inexistente, para un baile invisible, para un momento imaginario.
No parece que le importe. Baila igual, ensaya igual, frente a una vidriera espejada que le devuelve una imagen que sólo él puede ver. Pienso que baila para un jurado compuesto por maniquíes vestidos a la moda, siento que baila porque no puede hacer otra cosa, porque no sabe hacer otra cosa, porque no quiere hacer otra cosa. Baila porque no tiene vida, baila porque el baile es su vida, baila porque sin baile la vida no sería verdaderamente vida.

Soy grumos, bailando desordenadamente en la taza.
Soy un maniquí, que cree que puede juzgar a quienes bailan.
Soy un parquímetro a punto de vencer, y soy el dueño del coche, que no va a llegar a tiempo a evitar la multa.
Soy una multa impaga.
Soy una moneda de veinticinco centavos de dólar a la que se tragó una máquina defectuosa.
Soy una bolsa de nylon sobre una máquina defectuosa.

O no soy nada.

Hoy no me siento creador. Hoy no me siento, sólo camino por Salguero intentando esquivar las baldosas flojas, intentando esquivar el agua y el agujero que existe entre las gotas de agua.
Camino sin rumbo aunque camine derecho, y deseo que la calle no termine nunca para poder seguir caminando.
Deseo que el agua me lleve, deseo que el agua me acune, deseo que el agua me inunde.

Los abrazos no siempre alcanzan.
Las caricias no siempre llegan.

Hoy no soy un abrazo ni una caricia.
Hoy no he recibido una caricia ni un abrazo.
Hoy no he dado una caricia. Ni un abrazo.
Hoy quizás no sea digno de ser.

Hoy soy un hombre que ama a una mujer que no puede amar, que no sabe amar, que no quiere amar.
Soy un hombre que ama pero no quiere ser amado, no puede ser amado, no sabe ser amado.

Hoy no pude. No quise. No supe.
Hoy ya no es más hoy.
Pero hoy aún no es mañana.

1 comentario:

  1. Como charlando en voz alta...a todo eso le sumo (para mí), una bolsa con hielo sobre unos ojitos de sapo que el correr de las horas no permite aflojar.Rastros de una noche melancólica que fue ayer, que ya no es hoy. :)Poprque no me olvido que quiero descolgar la luna.Gracias y Besos Mariné.

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Jansenson Magia

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