viernes, 15 de octubre de 2010

Adiós, tío Carlitos...


La mayoría te va a recordar como un tipo parco, seco, serio.
Algunos, en cambio, podemos decir tu nombre entre risas, recordarte por tu ácido sentido del humor, que tardabas en dejar ver, que tenías que cocinar lentamente al fuego de un whisky o de una charla distendida entre verdaderos (pocos) amigos. Silencio, primero siempre, luego de a poco una mueca de gusto, luego de a poco una anécdota, luego el estruendo, la risa. Los menos tuvimos el privilegio de atisbar detrás del velo, compartir tu amistad sin complicaciones, esa de mis amigos son escasos y vos sos uno de ellos, la de no hace falta mejorar lo bueno, decir lo obvio, dorar las píldoras. “No se lució, negro”. Estas eran tus primeras y quizás únicas palabras después de una aparición en la tele. Tarde de noche sin importar horarios, siempre seguro, atento, filoso, agudo. Decepcionabas al desprevenido, pero agasajabas siendo de veras amigo. No dabas vueltas, ibas derecho adonde querías ir, en un mundo en el que a la gente le gusta salir a dar vueltas con amigos, rodear lo verdadero para entretenerse con lo bello, vos desaparecías y nos reencontrabas al final del paseo.

No hubo en tu vida papeles tornasolados, moños de seda y ropa de encaje. No te quedaba bien la corbata, eras demasiado real para usar mucho adorno.

Ahora escucho, de repente, el silencio que había entre vos y Charly. No me acuerdo de escucharlos charlando mucho. No recuerdo que se miraran mucho, que se explicaran mucho, que se explayaran mucho. Parecían entenderse mucho, conectarse mucho, saberse sin decirse, mucho. Así debía ser ser íntimo tuyo, pienso. Así fue después, sin demasiado, suficiente.

Cuando me dijiste por primera vez te quiero mucho sentí que estabas empezando a despedirte. Raro en tu forma de ser, decir quería decir otra cosa que decir. Fue hace un par de años, luego de veinticinco o más años de un amor sin filigranas, sin ornamentos. Un amor sin sobreactuaciones, apoyado como al descuido en tus “negro llevátelo, me lo pagás la semana que viene”, "horroroso...!", “no te lleves esto que es una p…onga”, “llamame a la noche a casa que lo busco, seguro lo tengo tirado en algún lado”, “ese efecto yo lo tuve hace diez años, se lo compré a dos mangos a un tipo que ni sabía lo que era…”, "mirá, acaba de llegar el aviso, lo tengo que ir a buscar a la aduana", “dejamelo ver y te digo, negro, porque a esto hay que encontrarle un novio”.

Nos encontraste novias a todos, Carlitos. En los cajones de todas las casas de todos los magos hay cuántos trucos tuyos, cuántos gimmicks tuyos, cuántos flaps tuyos, cuántos dragones tuyos, cajas volcables tuyas, casitas de palomas tuyas, devanos tuyos, bicicletas rojas y azules tuyas. De tu casa, de tu negocio, de tu mágico Buenos Aires Mágico. Novias y novios felices, difíciles, amortizados y abandonados. Cuántas ilusiones nos vendiste, tío Carlitos, cuántas ilusiones nos compraste, nos fiaste, nos pagaste, nos cambiaste, nos prometiste, nos descubriste, nos explicaste, nos regalaste.
Cómo se escribe tu risa, el ruido único de tu boca, como un chistido, para festejar una gracia, la mirada perdida en algún lado que quién sabe qué lado era, el “cómo andás, negro?” que repetías cien veces cada vez, como si fuera la primera vez? Cómo se pone palabras a tus silencios, a tu conexión en cámara lenta, a tus críticas despiadadas, piadosas, a tu atención dispersa cuando alguien te mostraba un descubrimiento hasta que ahora te rompió la cabeza y pedías que te lo mostremos de nuevo, a tu mirada atenta haciendo cuentas para darle a un fracaso llegado de afuera tu pincelada mágica para la inefable venta?

Sentí que jamás dejaste de doler y penar a Charly. Ni un solo día. Sentí que no quisiste que demos clase en la academia luego de Jorge, quizás porque temías perdernos a nosotros también, quizás por miedo a que fueras vos el detonante, quizás por cuidarnos, quizás por tu amor, restringido en palabras y acciones pero infinito en el corazón. Yo quería ser tu Charly cuando ya no estuvo Charly, cuando era demasiado chiquito para ser Charly, cuando era bastante grande para ser Charly, cuando algo quería recibir y cuando mucho quería dar. Darte. Quería llenarte el vacío, devolverte lo perdido, lo llorado, lo sufrido.
A veces no supe, tío Carlitos, estar más cerca, a veces no pude romper a patadas la puerta de tu vida para entrar y abrazarte y quedarme y cantarte, o hablarte, o mirarte, o mimarte. Cuando era chico un poco me sentí asustado, un poco alejado, un poco rechazado, un poco desconfiado. Después, más tarde, ya relajado y confiado y entregado me enteré un buen día que la semana que viene no llegaría nunca, y que el regreso al negocio no llegaría nunca, y que la llamada no llegaría nunca, y que la vuelta no sería en ochenta días, ni en mil días. Supe que no volverías, que tu “te quiero” decía más cosas que las cosas que decías. Supe mejor a medida que fui sabiendo lo peor.

Como había sido siempre, te fastidiaba cargar la mochila. Aunque te costara respirar, como nos cuesta un poco a todos en la vida cuesta arriba de privarse y enfermarse, de no privarse y enfermarse, de caer de canto y enfermarse. No cargaste ninguna de nuestras mochilas, y siendo fiel a vos mismo no quisiste cargar la tuya, mostrar la tuya, llevar a ningún lado la tuya. Empecé a despedirme en tu te quiero y te quise cada vez más a medida que te vi cada vez menos. No dejé de extrañarte un día desde que dejé de verte, y cuando te vi hoy ya en tu máximo silencio supe que te voy a extrañar para siempre.

Hoy cuando Pablo me dijo que te fuiste me vino inmediata la imagen de Charly, mirando a través de mí al mostrarme el Invisible Pack con su sonrisa pícara, y vos detrás del mostrador, también mirando sin mirar pero sin perderte detalle, componiendo una obra maestra, maestro, de lo que la magia ha sido en mi vida, en más vidas, en nuestras vidas.

No fuiste exactamente un profesor pero fuiste un don, instrumento de lo divino para lo profano. Fuiste la mano sobre mi mano.
Fuiste, ahora comprendo, una forma de oxígeno para todos nosotros, los magos. Nos impregnaste de aliento de vida, de pasión, de novedades, de fantasías y misterios desconocidos, maravillosos y mágicos. Y me pregunto si el aire te habrá ido faltando a medida que nos lo fuiste dando.

Fuiste un escéptico, negro. Un férreo creyente y practicante del escepticismo, al mismo tiempo que un vendedor de ilusiones. Nos hiciste creer en todo mientras no creíste en casi nada. Tu fe y tu religión fuimos nosotros, los chicos, la tana, la magia detrás de la magia.

Sin creerte nada. Humilde, adorable, nunca te creíste nada.

Ojalá que abras un Cielo Mágico allá. Charly y Jorge deben estar ansiosos por empezar a enseñar.

La mesa del bar te va a extrañar. Los tirabocas te van a extrañar, los cócteles de perlas, los pañuelos de seda, las flores de pluma y las bolas de esponja, los bastones de Fantasio, las velas, el carrete infinito de monofilamento negro, negro, todos te van a extrañar.

Nuestros cajones te van a extrañar, nuestros maletines te van a extrañar. La magia te va a extrañar.

Yo ya te extraño, negro. Y ya sé que va a ser para siempre. Que para siempre te voy a extrañar.

Tic, tic, tic, Lennart... Tic, tic, tic...

Gracias, tío Carlitos. Gracias por la magia. Gracias por todo.

Jansenson Magia

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