lunes, 18 de octubre de 2010

Pinturas Negras

En una de mis últimas visitas al museo del Prado decidí cambiar un poco la filosofía del paseo. Quería permitirme esta vez recorrer sin expectativas, como si fuera la primera vez que entrara al museo.
Por supuesto que deseaba volver a contemplar algunas de mis obras preferidas: "La Fábula", de Il Greco, "Parnaso", de Poussin; el "Moisés salvado de las Aguas" o "El Puerto al amanecer", de Claude Lorrain.
Pero me quedé "atrapado" en un salón en el que se exponían las catorce pinturas negras de Francisco de Goya y Lucientes, también llamadas las Pinturas de la Quinta del Sordo.
En 1819 Goya adquirió una casa de campo a orillas del río Manzanares, al otro lado del Puente de Segovia. El pueblo madrileño llamó a esta casa La Quinta del Sordo.

Entre 1819 y 1823, Goya pintó sobre las paredes de la casa estas catorce obras, con una técnica inventada por él, mezcla de fresco y óleo. Tenía más de ochenta años, estaba muy enfermo, y creía que pintando estas terribles imágenes iba a poder purgar sus fantasmas y sus monstruos y así llegar a curarse.

Se las llama pinturas negras debido a los colores oscuros que predominan en ellas, y a los temas oscuros que tratan.
Una de mis preferidas es Saturno devorando a uno de sus hijos; considerada por la crítica y los especialistas como una de las pinturas más horrendas jamás pintadas.

En 1873, y a pedido del barón de Erlanguer, que era dueño de la casa en ese momento, fueron rescatadas de las paredes y pasadas a lienzo por el restaurador del Museo del Prado, Salvador Martínez Cubells. Y luego de que el barón intentara infructuosamente venderlas en la exposición de París, las donó al Museo del Prado en 1881, adonde no produjeron ningún interés y quedaron abandonadas en un depósito durante muchos años.

Me quedé atrapado y sorprendido, contemplando la enorme cantidad de belleza que sentí que puede habitar en medio de tanto dolor y tanta lobreguez. Y me di cuenta de que, como artista, también tengo la responsabilidad de expresar sobre el escenario aquellas cosas que realmente me movilizan: mis miedos, mis fantasmas, mi propia oscuridad y mi propio dolor.
Aquel día, conmovido frente a la oscuridad de las pinturas de la quinta del sordo, en el Prado, decidí desempolvar del oscuro depósito del museo de mi alma, algunas historias invalorables pero no tan felices, que durante muchísimo tiempo mantuve recluídas en los confines del silencio.


Una de las pinturas negras que más me impresionó fue Las Parcas, en la que Goya representó a cuatro extraños personajes volando por encima de un sombrío paraje.
Parece probable que estas figuras sean Las Parcas, las diosas del destino en la mitología romana.
Eran tres: Láquesis hilvanaba el hilo de la vida, Cloto lo devanaba, y Átropo, la parca por excelencia (a la derecha en la pintura con una tijera en la mano) era la encargada de cortarlo.
Ellas decidían el destino de todos los seres humanos sobre la faz de la tierra, y se decía que el color del hilo que elegían para tejer cada existencia, iba a determinar el tenor de la misma: el hilo blanco auguraba la felicidad, y el hilo negro auguraba la desgracia.

Ciertamente desconozco cuál es el color del hilo con el que está tejida mi existencia, pero algunas veces me he preguntado cuál será el color con el que están tejidas las historias de amor.

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