miércoles, 17 de noviembre de 2010

Compañeros de viaje

Durante el diciembre pasado vendí todos mis libros para emprender un viaje.
Los saqué de la biblioteca y los apilé en el piso. Era una pila vieja, largamente oxidada, ni alcalina ni recargada.

Hace dos meses la vida me obligó otra vez (cuántas van) a ponerme una pila. Y así me largué a recorrer librerías de viejo, a hacer click en los silencios de las Sirenas de Odiseo, en los atanores apagados de Paracelso y en los Axolotl de Cortázar. Me cobraron seis pesos por la nena muerta (congelada), rodeada de cerillas, que fue a reunirse con su abuela, ciento ochenta pesos por la prosa de un poeta y sesenta y nueve pesos por el libro sin editar de un escritor que no era nadie sin quien lo editaba.

Así mi pila se fue reabasteciendo. Canjeé un libro prístino de Murakami por dos usados de O'Henry, de tapas duras, de tiempos duros, de Nueva York pobre, nevada y plagada de artistas, viajantes y cosmopolitas que siempre llevan vino tinto en sus vasos de vino blanco.

Justamente hoy a la tarde, en una librería de Avenida Santa Fe, me encontré con Adolfo Bioy Casares.
Me sorprendió su modesta magia.

Prescindiendo de prólogos me contó que un personaje suyo se escapó a Carmelo para hacerse inmortal.
Le dejó un mensaje a su amada: "fuiste lo mejor de la vida".

E intuyó su discípulo que la vida la incluye, y que la parte es menos que el todo.

Caminamos juntos por Callao hasta Corrientes, tropezándonos con vasos husmeantes sin café, con maletines llenos de hojas secas y ojos vacíos de primaveras y madrugadas. Conversamos muchas palabras, pero todas ellas me devolvieron los silencios que inventa Lispector, la recta final de la noche cuya meta es la aurora, la carta robada que estuvo siempre presente, escondida, y sólo al final pudo ser encontrada.

Se me vinieron de golpe las partes, que juntas no están menos lejos del todo. Recordé que en algún lado se me había perdido una de las imágenes del estanque, que no puedo comprar el mejor regalo ni siquiera vendiendo mi tesoro, que es imposible volver al pasado a llenar el tanque de nafta o viajar al futuro para ver el rompecabezas (el hombre) acabado.

Nos despedimos en Uruguay. Atiné a gritarle una pregunta, pero el subte ya lo había engullido y le proponía un viaje inesperado.

Entré en el bar del infierno a buscar alguna historia desaforada. Lo encontré a Rossi, todavía amargado, todavía preguntándose por qué sus amigos siguen sin querer verlo. Me propuse consolarlo hablando de tiempos mejores. Y cuando se hubo calmado le pregunté a él por qué solamente los campeones se dan cuenta de que luchar es inútil.

Bioy recordaba que cuando leyó Crítica de la razón pura de Kant sintió la tentación de sacarse una foto con el libro para dejar testimonio de lo que había leído.

Yo pensé en sacarme una foto con él. Pero dicho documento arrancaría carcajadas en tiempos de programas de edición por computadora, en tiempos de libros digitales, en tiempos de descuento.

Así decidí que me voy a sacar una foto junto a todos mis libros que, apilados, miden exactamente mi altura: un metro con setenta y ocho centímetros.
Y Bioy va a estar arriba de toda la pila. Como testimonio de lo que he viajado.

Qué solos nos quedamos los vivos... sin los muertos.

Jansenson Magia

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