viernes, 18 de mayo de 2012

Entorno

Hoy leí a un cabalista que explicaba:
"La única elección que podemos hacer es el entorno en el que vivir."

¿Por qué hay que elegir un entorno?
Porque la vida es una constante procesión de desafíos, obstáculos, batallas que tenemos que librar.
Podemos escondernos de todo ello, pero no por mucho tiempo, no si queremos vivir con verdadera dignidad.
No podemos librar las batallas, enfrentar los desafíos y superar los obstáculos por nuestra cuenta, solos. Necesitamos aliados, compañeros, instrucciones, herramientas, armas.
Pero a diferencia de un partido de tenis, o un trabajo en la oficina, o en una batalla física real entre ejércitos, en que las herramientas son siempre las mismas, en la vida los obstáculos y desafíos van cambiando a medida que los superamos.
Un entorno adecuado nos garantiza que siempre tendremos las herramientas, aliados, compañeros, instrucciones adecuados para enfrentar lo que se atraviese en nuestro camino.

Hay quienes creen fervientemente que la vida espiritual transcurre entre algodones. Que ser espiritual es decir solamente palabras positivas y sonreír siempre, sin importar lo que pase. Que somos perfectos y que ante un mundo imperfecto siempre tenemos que ser positivos, porque las cosas van a estar bien de todas maneras.
Eso no es la espiritualidad.

Hay quienes creen fervientemente que el enemigo está allá afuera. Lo llaman gobierno, políticos, sociedad, ladrones, estafadores, mentirosos, lo llaman de muchas formas y tiene muchas caras: a veces el enemigo tiene la cara del hermano, de la pareja, del amigo, del socio, del presidente, del jefe.
Esos no son nuestros enemigos.

Hay otras personas, espirituales, que saben que existe un único enemigo, se llama ego, o mente, y habita dentro de cada uno de nosotros. El enemigo está hecho a medida de las fortalezas de cada uno, pero no de las fortalezas que imaginamos tener, sino de las que realmente tenemos, aunque no lo sepamos.

Al elegir un entorno espiritual, nos aliamos con otras personas que combaten al mismo enemigo que nosotros. Hablamos el mismo idioma, caminamos hacia el mismo horizonte, sabemos de quién hablamos cuando mencionamos al enemigo.
Al elegir un entorno no espiritual, o al quedarnos en el entorno adquirido por herencia, estamos rodeados de personas que no tienen idea a quién están combatiendo. Hoy se pelean con alguien, mañana acusan al gobierno, pasado mañana nos acusan a nosotros de sus problemas, la semana que viene se separan de su pareja porque es un monstruo que les arruina la vida.
En los entornos que no son espirituales la batalla de la vida es una constante locura, una eterna confusión. Nunca se sabe quién es aliado y quién es enemigo, y por lo tanto el caos reina de forma permanente, casi sin posibilidad de solución.

Si elegimos un entorno espiritual, y nos rodeamos de personas, actividades, libros y objetos relacionados con la espiritualidad, nuestro trabajo interior está casi inevitablemente destinado al éxito.
Las personas espirituales, que están entregadas al trabajo interior como principal actividad en sus vidas, comparten una afinidad invisible muy poderosa. Se comprenden mutuamente, se acompañan, conocen el valor inmenso del dar y del recibir, siempre están conectadas con el interior y con el entorno, mirando alrededor, prestando atención, comprendiendo, teniendo paciencia, no juzgando apresuradamente, permitiendo el espacio para que el otro pueda expresarse, siendo simpáticos del dolor y la alegría ajenos.
Rodeados de libros y objetos sagrados, nos garantizamos una energía de buena calidad junto a nosotros siempre, leyendo lo escrito por buscadores de la verdad, conociendo los obstáculos y desafíos que ellos encontraron y superaron, nos sentimos acompañados, comprendidos, contenidos en nuestra búsqueda.
El entorno espiritual bendice nuestro camino, nos contagia de ímpetu, nos ayuda a encontrar la fuerza donde creemos no tenerla, y nos ayuda a levantarnos cuando nos caemos.

Por el contrario, cuando consideramos al entorno como algo inevitable, o cuando consideramos ingenuamente que nuestro entorno de toda la vida y nuestro trabajo espiritual pueden ser perfectamente compatibles, o cuando no prestamos atención a nuestro entorno o cuando nos quedamos a vivir en un entorno profano, rodeados de personas que desconocen el significado del camino espiritual o que directamente lo rechazan o se burlan de él, cuando leemos libros superficiales, cuando hacemos actividades que buscan sólo la distracción, el divertimento liviano o una enseñanza profana que sólo toca la superficie de las cosas y siempre tiene el resultado como objetivo, cuando pasamos tiempo con gente que cree que su misión en la vida es únicamente conseguir éxito profesional, económico, familiar o social, es casi imposible lograr la evolución de nuestro espíritu. Más temprano que tarde el entorno va a impedirnos avanzar, a contagiarnos su inercia, a exigirnos que dejemos nuestra "locura y soberbia pretenciosidad de ser mejores", y sin darnos cuenta vamos a empezar a boicotear nuestro propio trabajo espiritual, a rezagarnos para esperar a personas que ni siquiera están avanzando, ni siquiera saben que tienen que caminar, ni siquiera tienen conciencia de que hay un camino.
Ante ellos tendremos que dedicar una energía descomunal para defender nuestra búsqueda porque no la  comprenden (no pueden comprenderla), o no comparten, o no respetan lo que somos y hacemos. Tendremos que justificar y explicar por qué no somos como el resto de la gente, por qué no disfrutamos de las mismas actividades, por qué no estamos presentes o no nos sentimos cómodos en cualquier tipo de encuentro social, por qué no vamos de vacaciones a los mismos lugares, por qué no comemos la misma comida o no usamos la misma ropa que "todo el mundo". En un entorno sin espiritualidad, sin sacralidad, nos sentiremos incomprendidos, aislados, muchas veces incluso agredidos.

Las personas que buscan una casa, una familia, un trabajo, un auto, unas vacaciones, un diploma, un cuerpo tallado, fortunas de dinero en el banco, premios, poder social, no pueden llevarse bien con las personas que buscan la Luz para sus almas, y que están dispuestas a sacrificar todo lo demás para conseguirla.

Alguien me dijo alguna vez que no se puede ir a misa y repicar campanas.
La versión futbolística es que no se puede patear el centro y cabecearlo.
La versión simple es: no se puede tener todo.

El camino espiritual no es algo que podemos hacer en los ratos libres.
El camino espiritual no es una diversión del fin de semana, ni una lectura eventual, ni una reunión de dos horas cada tanto, ni un retiro de un fin de semana, ni un curso de cinco días.
El camino espiritual es un CAMINO. Se recorre CAMINANDO.
Leer no es caminar.

El camino espiritual, la vida espiritual, que dicho sea de paso es la única que tiene verdadero sentido y la única que puede brindarnos verdadera felicidad y satisfacción, es una forma de vida.
El trabajo espiritual es un TRABAJO. Full time.
Requiere gran entrega, gran disciplina, gran conciencia, gran deseo de lograr la transformación y evolución de nuestro SER humano.
Para poder vivir una vida espiritual necesitamos entregarnos a ese camino al ciento por ciento. Renunciar a muchas cosas que forman parte aparentemente indeleble de nuestra vida presente, a veces alejarnos o padecer el alejamiento de personas por las que sentimos un gran afecto, simplemente porque a partir de ciertas elecciones que hacemos en el camino, dejamos de ser compatibles (o mejor dicho, las incompatibilidades de siempre por fin empiezan a hacerse notables e indisimulables). No podemos vivir la vida entera reuniéndonos a contar anécdotas o a ver fotos de la primaria, de la secundaria, de las vacaciones en el Congo con los amigos del postgrado, de las vacaciones en Bulgaria con el grupo de buceo, del viaje a Arkansas con los compañeros de la facultad. No podemos pasar la semana, el día, las horas, hablando con gente que no tiene nada que ver con nuestra búsqueda, con nuestro camino, con nuestra vida, sólo porque el afecto es mucho y nos dan ganas y tenemos tiempo libre.
No tenemos ganas, en realidad. Si somos verdaderamente sinceros, no tenemos ganas.
Y no tenemos tiempo libre. Si sentimos que sí lo tenemos, es porque no estamos haciendo bien nuestro trabajo.
Hay una cantidad descomunal de gente hermosa en el mundo. No podemos ser amigos de todos, no podemos sostener la amistad con encuentros físicos cotidianos para siempre. Si nos reunimos con todos nuestros amigos, si tomamos café con toda la gente linda que existe en nuestra vida, si cenamos con todos aquellos que nos invitan a cenar, no existe posibilidad de tener una vida verdadera. Será, sí, una intensa y fructífera vida social, pero no puede ser una vida espiritual al mismo tiempo.
Por supuesto que no se trata de convertirse en monjes ni en ermitaños. Vivimos en un mundo básicamente poblado y social. De lo que estamos hablando es de que en las vidas profanas, normalmente se exagera el valor de lo social, se manipula para lo productivo capitalista, y se desmerece el valor del trabajo espiritual, porque no da a cambio diplomas, ni "seguridad", ni premios, ni reconocimientos públicos. Por lo menos no los ofrece de antemano a cambio de la entrega y las renuncias que se deben hacer para emprenderlo.

La vida espiritual requiere de algunos sacrificios importantes: bastante tiempo dedicado al silencio y la contemplación que ya no podremos utilizar para jugar al paddle o tomar cerveza en el bar de moda, bastante tiempo dedicado a la lectura complementaria, que ya no podremos utilizar para hacer zapping con el control remoto, bastante tiempo y energía dedicados a la práctica (cualquiera sea la o las que elijamos) que ya no podremos dedicar a permanecer eternamente en reuniones sociales que se prolongan hasta altas horas de la madrugada. De a poco la vida espiritual nos va a hacer emprender espontáneamente ciertos cambios, renuncias, a ciertos hábitos que nos debilitan la energía, como participar encuentros en ambientes ruidosos, densos, atiborrados, consumir ciertos alimentos pesados, poco nutritivos, que embotan nuestra lucidez. Si encaramos esos cambios con determinación y confianza, en muy poco tiempo notaremos con gran sorpresa y alegría que la calidad de nuestra vida mejora exponencialmente, y nos sentiremos mucho más cerca de nuestros verdaderos sueños y deseos.

En el camino espiritual no hay coerción. Nada se hace por obligación, ni externa ni interna.
Al comienzo, por supuesto, uno tendrá que acostumbrarse a los nuevos rituales, al comienzo se padecerán ciertos enojos, incomprensiones, reclamos, propios y ajenos. Al comienzo será extraño, porque haber vivido toda una vida bajo ciertas reglas y costumbres producirá sensaciones extrañas en el cuerpo y producirá cortocircuitos en la mente. Al principio pareceremos crueles o fríos o indiferentes, ante nuestros propios ojos, al principio y en los primeros tiempos querremos hacer todo lo que aparece, al mismo tiempo que hacemos nuestro trabajo espiritual. Pero de a poco sentiremos un tironeo constante entre los dos mundos, y tendremos que tomar serias decisiones. Una a la vez, paso a paso, y siempre serán decisiones que mejoren no sólo la calidad de nuestra vida sino la del mundo en general.

Las sociedades modernas están muy perturbadas, y la gente está muy aturdida corriendo detrás de cosas que nadie comprende ni desea en realidad. La gente que se toma el trabajo de escuchar la voz suave pero firme que dice "esto no puede seguir así", busca y encuentra el camino. Y se despega de la manada atontada para recuperar la lucidez y el foco. Eso duele, les duele a quienes hacen el cambio, y les duele a quienes ven "alejarse" a alguien que aman. Pero nadie se aleja, sólo se toma perspectiva para poder volver a entablar relaciones más sanas con los seres queridos y con el mundo en general.

Dicen que lo profano va rodando libremente cuesta abajo, mientras que lo sagrado asciende con esfuerzo, paso a paso, cuesta arriba.

Lo que puede decirse y está comprobado y garantizado es que el camino espiritual es el único que, a la larga, puede depararnos el esplendor. Uno puede resistirse mucho tiempo, pero la resistencia es fútil, porque la vida es más sabia y más fuerte. Cada uno de nosotros conoce cientos de casos de infartos, accidentes de todo tipo, enfermedades, quiebras económicas, incendios que ningún seguro cubrió, robos, secuestros, señales, todas ellas, de que uno está haciendo un camino equivocado, caminando en la oscuridad en lugar de buscar la Luz y caminar sin dudas hacia ella. Si les diéramos a esas señales el valor que tienen y les prestáramos suficiente atención, emprenderíamos el camino espiritual en este mismo instante para nunca volver a mirar hacia atrás.
Pero vivimos con el síndrome del "a mí no me va a pasar". Lamentablemente.

Dentro de un estadio se encuentran reunidos todos los seres espirituales del mundo.
Afuera, junto a la puerta principal, hay una fila eterna de gente que está haciendo méritos, esperando para entrar. Los que están cerca de la puerta miran a los que están lejos con un gesto de cierta soberbia, haciendo notar lo cerca que están ellos de ingresar a ese mundo tan deseado.

Pero, para los que están adentro, los que están afuera (el primero de la fila y el último) están todos afuera.

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