viernes, 11 de mayo de 2012

Un día más, un día menos.

Hoy viajé en un taxi con un señor que no paró de tocar bocina a cuanto objeto, persona, luz, viento se puso cerca de su paso. Tocaba bocina con una violencia que evidentemente no era producida por el destinatario del bocinazo, sino por una acumulación de dolores, padecimientos, frustraciones, resentimientos, impotencias de su vida. Tocaba bocina y hacía gestos de fastidio que acompañaba con toda clase de insultos, la mayoría de los cuales es imposible reproducir.

Yo no estaba apurado, deseaba disfrutar del viaje, pero llegué a mi destino aturdido y cargado de su violenta energía, que tuve que luchar silenciosamente para quitarme de encima.

Fui a buscar mi pasaporte con la visa para Estados Unidos a una oficina de DHL. La empleada, detrás del vidrio, estaba muy entretenida con su compañera (probablemente haciendo planes para las salidas del fin de semana), y tuvo que mirar el número de guía del papel que le entregué unas quince veces antes de encontrar el sobre. El número que se veía en el sobre era un simple 8536.

No me dijo hola, no me dijo gracias, no me dijo de nada, no me dijo adiós. Casi no me miró a los ojos, a pesar de que busqué su mirada durante todo nuestro "des-encuentro".

En el shopping Alto Palermo, mientras tomaba un café, dos adolescentes que iban junto a una chica de repente se agarraron a trompadas en la escalera, frente al bar en el que yo estaba sentado. La gente de seguridad se aseguró de darles tiempo para golpearse bastante antes de llegar e intervenir. La chica no podía creer estar viendo a sus dos amigos peleándose violentamente, y se puso a llorar cuando los separaron los guardias.

Casi no pude seguir leyendo, me quedé conmovido por la escena, triste, sintiendo que la hostilidad es un virus incluso peor que la mayoría de los otros que nos persiguen y aterrorizan.

En el negocio de un amigo, el cliente que viene a cambiar unas prendas intenta casi desesperadamente conquistar a la vendedora que lo atiende. Ella no está interesada y lo hace notar, pero él ignora por completo las señales y continúa avanzando como si ella estuviera diciéndole a todo que sí. Cuando se va, ella dice, con gesto resignado, como si no hubiera solución: "algunos tipos... no prestan ninguna atención, y parecería que no les importa hacer el ridículo..."

Un taxi sucio y con olor a transpiración, humedad y vaya a saber qué otros perfumes. Otro taxi que afuera dice que tiene radio para atraer clientes, pero adentro se cae a pedazos y no solamente no tiene radio, sino que ni siquiera tiene una mínima educación.

Un cliente entra al negocio de otro amigo. Mi amigo habla, el cliente no lo escucha porque habla sin parar. Mi amigo le ofrece, el hombre, sin darse cuenta, dice "no, no, no" como si estuviera poseído, pero no porque quiere negar lo que se le muestra, sino porque no se da cuenta de que dice "no, no, no" como un tic nervioso, como una muletilla. Mi amigo le explica, el hombre habla sobre la voz de mi amigo. Mi amigo le pregunta si desea probarse, pero el hombre ya se ha ido, probablemente hace muchos años, del negocio y de sí mismo.

Un vendedor que me conoce de una marca de ropa en la que compro regularmente grita por los pasillos que estoy dentro de su negocio. Les grita a los guardias del shopping (la mayoría de los cuales no me conoce ni les interesa conocerme), les grita a los vendedores de otros negocios (que están bien ocupados con sus propios gritos), me grita a mí cuando entra al negocio, volviendo quizás del baño. Le digo que no hace falta gritar, que no es necesario que el shopping completo se entere que estoy en su local. Pero no me escucha porque sigue gritando, tal vez su impotencia, tal vez su necesidad de ser abrazado, a lo mejor su pedido de ayuda.

Varios coches pasan por delante de mí cuando voy a cruzar la calle. Tengo prioridad, pero ellos no lo saben o no les importa. Y no sólo pasan delante de mí, sino que me miran desde sus volantes como si me hubieran ganado una pulseada, como si hubieran podido, por fin, demostrar que sí pueden, que sí son potentes, que sí tienen personalidad, que sí merecen llegar lejos.

Algunos de ustedes dirán: qué exagerado. Otros quizás dirán: ves solamente lo que está mal. Alguien más pensará: no es tan así.
Les pido a cada uno de ustedes que intente recordar su día de hoy, o el de ayer. Y si no recuerdan haber visto, o escuchado, o presenciado nada parecido a lo que acabo de relatar, entonces presten atención el día de mañana, o todos los días.

No es mi intención mostrar lo que está mal. Sólo necesito decir que cada uno de nosotros puede NO SER esto, cada uno de nosotros puede DEJAR de producir caos, confusión, oscuridad en el mundo.

Cada persona que decida, aunque tuviera razón para hacerlo, dejar de tocar la bocina, sin importar adónde, cuándo y en qué circunstancias, estaría colaborando para que haya menos contaminación auditiva en el mundo.
Cada persona que decida, aunque tuviera razón para hacer lo contrario, escuchar en lugar de hablar cuando alguien le está hablando, estaría no sólo eliminando caos del universo, sino aportando armonía.
Cada persona que mirara sus zapatos y los lustrara antes de salir a la calle (o aún mejor: se los hiciera lustrar por alguno de los muchísimos lustrabotas que hay en cada ciudad), cada persona que lavara su coche regularmente, cada persona que frenara cuando alguien va a cruzar la calle (aunque tuviera en su poder la prioridad para pasar), estaría revirtiendo la vorágine que nos empuja día a día, paso a paso, momento a momento, hacia una vida más y más contaminada, más y más frenética, más y más violenta, triste, sucia, contaminada, deprimente, mediocre, enajenada, dolorosa, angustiante, desoladora.

Los invito, humildemente, a pasar del click en "me gusta" a la vida ahí afuera, a la acción real y cotidiana, constante, consistente, comprometida, responsable, consciente.
Un poco cada día, un paso a la vez.

No necesitamos vivir en Suecia para vivir bien.
Podemos vivir bien acá, incluso en medio de las cosas no tan luminosas que suceden.
Mejor que eso: podemos SER parte del cambio, podemos hacer el cambio, y ser merecedores del premio cuando llegue.
No soy un negador de las cosas, sólo soy un soñador empedernido, de sueños que sí se hacen realidad.

Lo corroboran Axel, de Cúspide, que con profesionalismo, respeto, pasión, silencio, compromiso, dulzura, promete conseguir un libro de hoy para mañana a la tarde, y a la mañana siguiente alguien llama de su parte a mi celular para decirme que el libro ya está esperándome para cuando quiera ir a buscarlo. María, de lo de Perlita, que como sabe que el té de boldo no es muy de mi agrado, me ofrece sin que le pida nada (y "si no estás muy apurado") prepararme un té especial. Nico, que maneja el local de Alto Palermo de Key Biscayne con frescura, elegancia, sobriedad. Juli, su mujer, que cuenta sobre Máximo, su hijo, con la sonrisa enorme y enamorada, que como le regaló un dibujo a la nena que le gusta y ella se lo mostró a sus otras compañeritas, ahora él tiene que hacer ocho dibujos a pedido.

Hay gente así, también. Son los que, generalmente sin levantar la voz ni el polvo, dan mucho siempre y sin sacar cuentas de lo que reciben a cambio, ponen el alma en cualquier cosa que hacen, y muestran a cada paso que el éxito, la felicidad, la excelencia, sólo dependen de lo que uno haga para conseguirlos.

Les pido disculpas por abandonarlos ahora. Son las once de la noche, me tocan el timbre, y tengo que recibir un abrazo que probablemente me cure de todos los males del día, y me prepare para salir mañana a sonreir incluso cuando no me sonrían, saludar incluso cuando no me saluden, DAR, incluso cuando no me pidan o no me den a cambio, y brindar y agradecer, sobre todo, por la vida.


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