domingo, 13 de mayo de 2012

Ser impecable (piernas cerradas)


Dicen que el primer paso para ser impecable es mantener las piernas cerradas.

La frase es metafórica pero también literal. Puede comprenderse desde ambos lugares.

Ser impecable depende de que uno pueda aprender a soltar, dejar ir, dejar pasar los deseos del ego y de la mente. No aferrarse a los deseos que surgen, comprender que no podemos ser esclavos de cada deseo que aparece, por fuerte que sea, por mucho que nos guste lo que aparentemente nos propone. 
Llevar a cabo, permitir que se manifieste el deseo sexual (para citar el deseo más fuerte que existe) cuando surge en cualquiera de sus formas, plasmarlo en la realidad sin filtros, entregarse al comportamiento promiscuo, ya sea físico o simplemente mental, nos aleja de nuestro camino espiritual, nos mancha el cuerpo, nos oscurece el corazón, nos bloquea y nos impide ser impecables. 


El deseo sexual por sí mismo no es negativo, sólo se transforma en negativo cuando está mal enfocado, cuando surge desde nuestra sombra y no desde nuestra divinidad, cuando se lo actúa de forma promiscua (otra vez, ya sea con el cuerpo o aunque sea sólo en la mente) sin la contención deoculto de las cosas, no hace nadive buscando el sentido en su entorno, encuentra el significado oculto de las cosas, no hace nad un sentimiento verdaderamente amoroso y un marco sagrado. 


El sexo es la máxima expresión del amor universal, la unión espiritual (y física) de lo masculino y lo femenino, el encuentro más íntimo y sagrado posible entre dos personas que comparten el camino, la visión, el trabajo espiritual. Dos almas afines que se han encontrado en el mundo para, con la fusión de sus almas, multiplicar la luz y el amor infinitos. El encuentro sexual entre dos personas que comparten un vínculo así es mucho más que un momento de satisfacción física en el que se descargan tensiones y se satisface la necesidad carnal y superficial del ego. Es (puede ser, debería serlo) una ceremonia mágica, en la que el amor puro y verdadero envuelve los cuerpos y los corazones, envuelve la unión física y la eleva a un plano en el que se manifiesta la divinidad.


Este tipo de vínculo, esta clase de encuentro, requiere de un gran compromiso y una gran responsabilidad, requiere de dos seres impecables. Requiere renuncias, sacrificios, disciplina, y una entrega de cuerpo y alma a un camino, a una búsqueda, a una forma de vivir la vida, impecable, caminando siempre derecho hacia adelante por el centro del camino, comprendiendo que todos somos tentados a cada paso, pero que las tentaciones son pruebas, trampas, obstáculos que la vida nos pone en el camino para ver cuánto de fuertes, comprometidos, disciplinados, impecables somos. Si sucumbimos a las tentaciones porque no tenemos conciencia de qué representan ni de cuánto cuesta luego pagarlas, nos manchamos de oscuridad, nos alejamos de nuestro camino, de nuestra divinidad, y de las almas a las que necesitamos cerca para evolucionar y cumplir nuestra misión en la Tierra. 

Cualquier camino que se transita satisfaciendo deseos físicos deshabitados de lo espiritual y de lo sagrado, no tiene nada que ver con lo impecable; es puro capricho, puro ego, y en definitiva pura oscuridad. Eventualmente, si sucede, puede llegar a representar una explosión momentánea de luz que se extingue en un instante y deja todo inundado de una enorme mancha negra que, aunque uno no lo sepa o no lo quiera aceptar, luego debe cargar en su cuerpo y en su corazón durante mucho tiempo. 
Cualquier tipo de contacto físico privado entre un hombre y una mujer ES sexual, incluso aquellos que podrían disfrazarse de "amigables". Vivimos en una sociedad y cultura muy complejas (para no decir enfermas) al respecto de lo sexual. Hoy en día la gente es capaz de justificar lo injustificable y explicar lo inexplicable, dándole al encuentro sexual la forma de cuento de hadas, para evitar sentir culpa o para "negociar" con la vida una oscuridad menos densa que la que uno sabe que va a tener que enfrentar. Las manchas de la oscuridad no se limpian fácilmente, y pesan en el cuerpo mucho más de lo que aparentan. Los encuentros "casuales" y efímeros nos dejan marcas profundas y perennes. 


Todos los días vemos en la calle personas que están marchitas, oscuras, muertas en vida. Son personas que cargan grandes oscuridades, las llevan puestas en el rostro, en la mirada, en distintas partes del cuerpo. Cada marca, cada mancha, es producto de cada decisión tomada favoreciendo un deseo profano, caprichoso, del cuerpo o de la mente. Cada acción tomada, cada experiencia no sagrada vivida, deja marcas y manchas oscuras en nuestra existencia, en nuestro cuerpo. Las personas que han tomado muchas decisiones oscuras envejecen a una gran velocidad, porque la oscuridad va tomando al ser humano, invadiéndolo, abrazándolo, hasta que se queda con su alma y su cuerpo como un trofeo.

Muchas personas desean ser impecables, pero muy pocas están dispuestas a pagar el costo de serlo. El costo principal es la comprensión y ejecución de una premisa básica: los deseos físicos no necesariamente existen para ser satisfechos cada vez que aparecen, todo el tiempo, cuando se nos da la gana, cuando nos sentimos tristes, cuando nos sentimos solos, cuando nos sentimos vulnerables. 
Es en esos momentos en los que una persona impecable abraza su fuerza interna, sostiene su elección de vida, sonríe y agradece las invitaciones y las tentaciones, y declina el ofrecimiento sin temor. 
Es en esos momentos que la vida nos pone realmente a prueba, para ver si somos volátiles y corremos detrás de cualquier melodía que aparece, como las ratas detrás del músico que toca la flauta, o somos impecables y sólo caminamos por el centro del camino que ha sido trazado para nosotros aunque sea un camino de silencio en el que no haya música llamativa.

Desvíos, bifurcaciones, carteles engañosos, oasis, trampas... de todo hay mucho. Pero en el camino de ser impecables, no hay atajos. 
El camino de ser impecable es muchas veces arduo y cuesta arriba, pero es el único que vale verdaderamente la pena recorrer.


Y de la misma forma que en el ejemplo sexual mencionado, sucede en cualquier aspecto de nuestras vidas.

Para ser impecable se requiere el desapego. El desapego de los demás caminos, de muchas personas, de muchos objetos, de muchas cosas. No se puede tener todo. Y el Universo toma nota de cada detalle, aunque uno crea que sus acciones pueden permanecer en secreto, ocultas a la vista del mundo.

Los magos se dedican a des-ocultar lo que está oculto. 
Esa es la ciencia de la magia, ese es el arte de los magos verdaderos: conocer, revelar lo oculto. Encontrar la oscuridad, sacarla a la luz, comprender cómo funciona, y aprender a desactivarla. 

Las personas impecables del mundo están alineadas: espíritu-corazón-mente-cuerpo. Hacen lo que dicen, dicen lo que sienten, sienten lo que son.

Si alguien impecable ama, generalmente casi todas sus palabras y acciones reflejan el amor que siente. Nadie que sea impecable dice "te amo" hoy, y "te olvidé" mañana. Una persona impecable honra espontáneamente el amor que siente, porque su amor por otro es amor propio, amor por el universo, amor por la vida.

Ser impecable es haber logrado trascender mayormente lo profano para vivir cotidianamente en contacto con lo sagrado. TODO es sagrado, o todo tiene el potencial de serlo. 
Alguien impecable no se permite des-sacralizar las cosas, los encuentros, las personas. Alguien impecable no corre detrás de nada, porque sabe que no existe ninguna cosa de verdadero valor detrás de la que uno tenga que correr. 
Alguien impecable sólo se dedica a hacer su trabajo espiritual: inhala el mundo sin hacer esfuerzo para que el aire ingrese en su cuerpo y en su vida, transforma dentro de sí el aire recibido, y exhala larga y lentamente, dejando ir todo lo que tenga que irse, sabiendo que nada que sea verdadero se pierde, y que lo que se deja ir vuelve otra vez a uno multiplicado por mil. 
Alguien impecable no se aferra a nada material ni superficial, alguien impecable deja ir lo que no se quiere quedar, deja ir lo que no es afín, deja ir lo que no es sagrado, deja ir lo que obedece a un capricho o a un manotazo momentáneo.

Alguien impecable no teme a la soledad, no teme al vacío, no teme al dolor, no teme a los períodos largos de abstinencia, no teme a la falta de estímulos, no teme al silencio, no teme al abismo.

Alguien impecable vive buscando el sentido en su interior y en su entorno, encuentra el significado oculto de las cosas, no hace nada de forma superficial, vacía, profana.

El ser impecable se inclina únicamente ante el Universo, comprende sus reglas y las respeta, no porque tiene la obligación, no por miedo, no por culpa, sino porque eso ES: alguien que ha comprendido que la vida sabe más, que el ser humano no se conoce a sí mismo lo suficiente como para saber más que la vida, y ha logrado aceptar que el deseo del Universo para uno es el deseo verdadero de uno para el Universo.

Ser impecable. Desapegarse de los deseos de la mente y del cuerpo. Ser fuerte, valiente. Recordar que el camino es largo, que nada queda oculto mucho tiempo, que lo que no es sagrado mancha el cuerpo y el corazón.

Metafórica y literalmente hablando: encuentros espirituales y sagrados o piernas cerradas, el camino del ser impecable. 

Jansenson Magia

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