sábado, 2 de junio de 2012

Pequeñeces y grandezas

Brilla el sol. Arriba y adentro.
Pero poquísimas personas tienen tiempo y disposición para mirar en alguno de los dos sentidos. 
La mayoría de la gente está ocupadísima (secuestrada, se podría decir) en mirar las pantallas de sus computadoras, para ver si hay una frase que le solucione la vida, para ver si puede acceder a cambiar el color de los papelitos en su billetera, para ver si sus acciones subieron o bajaron. 
Algunos miran pero no ven. Algunos ven pero no reconocen, algunos reconocen pero no creen, algunos creen, pero no accionan en consecuencia. 


Alguien dijo que el mundo va mal pero el universo va fenómeno. 


Sin hacer mucho más esfuerzo que mirar por la ventana uno puede sentirse humilde ante la serenidad del imponente cielo, admirar la estoicidad silenciosa de los árboles, que en esta época no pueden ofrecer sus mejores galas y sin embargo siguen dando sombra y colaborando para descontaminar un poco el aire que vamos a respirar, sentir en la piel el cálido abrazo de un sol padre que ilumina sin condiciones, aún cuando los cielos se presentan densos, caprichosos y altaneros. En la avenida, incluso a las horas en que la gran ciudad parece haberse retirado a una cueva oscura y lejana, los vehículos y la gente se desplazan hacia los cuatro puntos cardinales sin excepción; más lentamente quizás, sin la vertiginosa hostilidad del diurno trajín, pero con la misma decisión y firmeza, para darle forma a una estructura que sigue sosteniéndose de forma invisible y perfecta, a pesar de que parezca que a nuestro alrededor todo se derrumba. 


De alguna forma, aún en medio del caos que nos empecinamos en destacar a cada paso, el día se las arregla para presentarse con sus mejores galas cada mañana, las estrellas vuelven a desarrollar su misteriosa coreografía lumínica cada noche, la luna vuelve a representar su creciente o menguante papel en la épica y romántica obra de teatro del firmamento. Aunque los periódicos nos cuenten nuevas mezquindades en cada edición, aunque los políticos mientan sin descaro, aunque los medios de comunicación cambien el libreto a diestra y sobre todo a siniestra en cada envío, el oxígeno sigue estando disponible para que nuestros cuerpos se renueven en cada inhalación, y una circunspecta e invisible magia se ocupa de llevarse a alguna parte la contaminación que provocamos en el ambiente cada vez que exhalamos nuestras miserias. 


Ayer, al final de un capítulo de una serie que disfruto, el protagonista decía:
"Los seres humanos no somos la especie más fuerte, ni la más rápida, ni la más inteligente del planeta. 
Pero una ventaja que tenemos es nuestra habilidad para cooperar, para ayudarnos mutuamente, para reconocernos en los ojos de los demás, y nuestra capacidad de sentir compasión y amor. 
Y eso nos hace más fuertes, más rápidos y más inteligentes."


Sin embargo, en lugar de ocuparnos de amar y ser compasivos, no hacemos otra cosa que intentar imponernos por la fuerza a los demás y al mundo, correr más rápido que nuestros competidores o nuestros (equivocadamente llamados) enemigos, e incluso correr más rápido que el tiempo, y circunvalar las leyes terrestres y divinas para salir airosos en lo que vemos como una competencia feroz por la supervivencia.


Me imagino a veces a Dios, mirándonos con paciencia, tristeza y resignación. Viendo cómo desaprovechamos las bendiciones que nos abundan en el corazón para salir como energúmenos a buscar bendiciones a la calle, cómo apretamos los dientes, gritamos nuestro resentimiento, expulsamos hacia afuera nuestra impotencia, y nos hacemos más y más pequeños, más y más impotentes, más y más efímeros, inconsistentes y débiles mientras alardeamos de nuestra fuerza, velocidad e inteligencia. 


Tenemos al alcance de nuestra mano las llaves del cielo y del infierno. En la vorágine que no se detiene sólo porque no nos tomamos el instante que requiere detenerla, elegimos cada vez abrir la puerta del infierno. Volvemos a caer automáticamente, como robots mal programados, en las mismas trampas, ciegos y sordos, aunque desafortunadamente no mudos (porque aunque sea podríamos aliviar al mundo de nuestros horrendos alaridos), y volvemos a repetir incansablemente el trágico papel de víctimas desvalidas de todo lo que nos rodea. 


Me sorprende cada vez más, aunque debería sorprenderme cada vez menos, ver cómo no vemos, contemplar en la calle las frenadas terribles, los insultos cada vez más enérgicos, las amenazas cada vez más aterrorizantes, la indiferencia cada vez más gélida, las aberraciones cada vez más trágicas (pero a la vez cada vez mejor aceptadas como si fueran parte de nuestra cultura), el morbo cada vez más grotesco, el vocabulario cada vez más empobrecido y vulgar, el sufrimiento en carne viva que llevamos como un trofeo y mostrándolo casi con orgullo, porque está cada vez más aceptado como parte de unas reglas de juego que nadie impuso, pero que aceptamos porque creemos que no podemos cambiarlas. 


Y no me refiero a cambiar las reglas del juego del país, o del mundo, sino de cambiar nuestras reglas de juego internas, comprender que la vida y el mundo son mucho más poderosos que todos nosotros juntos, y que lo que sucede, aunque sea casi imposible aceptarlo, es exactamente lo que cada uno de nosotros necesita para aprender exactamente las lecciones que pueden liberarnos de una vez y para siempre de nuestra autoinflingida esclavitud y llevarnos lejos, mucho más lejos de lo que podemos imaginar en nuestras más locas y creativas fantasías. 


La alternativa es pasar el resto de nuestras vidas haciendo fila durante horas en el banco para comprar dólares que dentro de un mes vamos a querer o necesitar vender, haciendo fila durante horas en la AFIP para que nos digan por enésima vez lo que ya sabemos, peleándonos con cuando ser humano se cruce en nuestro camino para lograr cosas que en realidad no solamente no nos van a dar lo que creemos o queremos, sino que nos van a esclavizar aún peor y con cadenas más indestructibles.


Realmente no queremos verlo, realmente no queremos entender cómo funciona, realmente no queremos soltar las cadenas que nos amarran, realmente no queremos solucionar nuestros verdaderos problemas. Sólo estamos ocupados en acumular indignación como si fuera un tesoro, en encontrar palabras nuevas para insultar a quienes seguramente lo merecen, sólo perdemos todo nuestro tiempo en imponer con hostilidad nuestras razones, que seguramente las tenemos bien justificadas. No podemos salir del círculo vicioso de la mezquindad, no podemos mirarnos a nosotros mismos y vernos dar pena en el ejercicio de un papel lamentable de cuya representación nos arrepentiríamos para siempre. 


En la gran obra del universo, en el infinito plan de la eternidad todo eso importa tan poco, que debería darnos vergüenza creerlo tan mucho. Debería darnos vergüenza gritar tan fuerte, indignarnos tanto por cosas que no tienen ningún valor. De hecho, cuando miremos hacia atrás en el tiempo dentro de muchos años, la vergüenza nos va a suceder como se rebalsa un dique cuando la rajadura ya no puede contener la potencia del agua que se ha acumulado durante siglos. 


Me pregunto si tenemos la grandeza de ejercer la humildad ahora. Para que nos salvemos a tiempo, como especie, para que nos volvamos fuertes, rápidos e inteligentes, para que nos quede tiempo por delante para disfrutar del sol, el cielo, los árboles y el aire limpio, aunque a nuestra mezquina cabeza hoy le parezca sucio.

Jansenson Magia

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