sábado, 21 de julio de 2012

El Caballero de la Noche Abraza.

Los mató la falta de amor. 


James Holmes es un psicópata y está más enfermo que casi nadie. Eso es indiscutible.
Pero casi ningún experto en materia de causas invisibles que detonan comportamientos irracionales y enfermedades psicológicas podrá afirmar que este joven creció en un hogar lleno de amor. 


Probablemente a nosotros no nos importe demasiado la noticia y desaparezca (si hubiera aparecido) de nuestras mentes más pronto que lo que tarde en llegar el estreno a nuestras salas. Sin embargo, es indispensable aceptar si deseamos sanar como seres humanos, que lo que sucede en otro lugar sucede aquí, y lo que les sucede a otros nos sucede a todos. 


En Argentina también todos los días se detonan crisis de comportamiento gravísimas que deberían preocuparnos en igual o mayor medida que la que acaba de suceder en San Diego, pero no nos preocupan porque no salen en los diarios y porque ningún ser querido, luego del episodio, termina en el hospital o en el cementerio. 


El mundo va hacia un lugar lleno de oscuridad. Es, dicen los que saben, la dirección que debe tomar la humanidad para poder aspirar algún día en el futuro a emprender el camino hacia la luz.


Lo leemos todos los días en las redes sociales. Lo vemos en fotos terribles que nos impactan en el momento, aunque con un giro del dedo índice parecería que nuestra mente se olvida automáticamente de lo que acaba de llamarnos la atención, de forma que nunca llega a calar profundo en nuestros corazones, nunca llega a ser realmente alarmante, nunca llega a producir una verdadera sensación de urgencia, de amenaza. 


En el banco, mientras la gente espera su turno (resoplando como si estuviera allí desde hace horas cuando han transcurrido desde su llegada apenas un par de minutos), suenan los teléfonos celulares interminablemente, y parecería que sus dueños no sólo no los escuchan, sino que no les importa que hay otras personas a su alrededor padeciendo el ataque sonoro y sintiéndose irritadas por la falta de cuidado y de respeto del dueño de la disco ambulante. 


En la calle, aún antes de que el semáforo rojo se ponga amarillo, los taxistas especialmente y junto con otros conductores, tocan bocina para apurar a quienes están adelante, al tiempo que alguien ataca con su bocina a un taxi del que está descendiendo lentamente un anciano, y otro conductor agobia con la suya a un coche que está estacionando. Tocar bocina está prohibido por la ley, pero ese tipo de detalles a nadie le importan. 


En los restaurantes, los teléfonos celulares de todos los comensales están durante toda la comida sobre la mesa en el mejor de los casos, y en el peor, están durante toda la comida en las manos de sus dueños, que no están presentes en el lugar, sino compartiendo una salida con amigos y relaciones remotos, que siempre parecerían ser más interesantes que quienes se encuentran físicamente allí.


En el subte la gente atropella a los demás. Y es probable que algunos estén realmente urgidos por llegar a destino, pero la mayoría en realidad solamente atropella porque atropella.


En cualquier lugar, la gente no saluda ni mira a los ojos. Y quien pueda, leyendo esta frase, decir "yo sí", miente o se equivoca. 


La gente insulta y grita con ardor en la cancha de fútbol, en la calle, en la televisión, en la casa, y ahora sobre todo en las redes sociales. 


Y justamente ayer leí un tweet que planteaba de forma muy clara, gráfica y alarmante la cuestión que nos agobia hoy en las tapas de los diarios del mundo: 


"En Estados Unidos, los resentidos, acomplejados y trastornados usan armas. En Argentina usan Twitter."


Los comunicadores no lo quieren entender, pero desde sus puestos de trabajo en cualquier medio de comunicación (sobre todo en los visuales) generan un caos patético y realmente peligroso que más temprano que tarde desemboca en tragedia. 


Y quienes consumen lo que en los medios se comunica tampoco desean hacerse cargo y tomar decisiones que los salven: todo lo que vemos, escuchamos, olemos, tocamos, afecta nuestro sistema nervioso, genera energías de diferentes calidades en nuestro interior, nos condiciona para el "bien", para el "mal", para la luz o para la oscuridad. TODO. Mientras nos reímos a carcajadas porque el conductor empujó brutalmente a un productor que intentaba correr con tacos altísimos y que como consecuencia del empujón cae estrepitosamente, no advertimos que ese empujón y esa caída  generan al mismo tiempo un daño psicológico irreversible en todos los que lo han visto. Un acto violento genera violencia, pero además, cuando es interpretado como si fuera de lo más gracioso y se comenta como la humorada del día en las oficinas, en los clubes y en las casas de todo el país, se convierte en un arma terrible en manos de gente que, llegado el momento y ante la acumulación de estímulos adecuados, puede arruinarles el día (o la vida) a muchísimas personas. 


Cuando alguien escupe a otra persona y millones lo festejan, estamos ante un episodio alarmante. 
Cuando alguien agrede a otra persona y en todos los lugares se comenta con alegría, el mundo se oscurece de repente y anuncia una tormenta eléctrica.
Cuando alguien tira basura en la calle y alrededor se lo mira con indiferencia, se están violando al mismo tiempo cientos de leyes universales, físicas y espirituales. 


Pero luego se asesina a gente en un cine o se inunda la ciudad destruyendo todo tipo de valores, y nos escandalizamos si nos sucede a nosotros directamente o seguimos cambiando de canal con desdén si nuestra casa y nuestro coche están secos y nosotros estamos vivos.


Hemos sido, sin percibirlo, igualmente víctimas de la tragedia


Aunque no podamos relacionar los hechos, aunque no tengamos la capacidad (o el deseo) de ver los hilos tendidos uniendo los puntos que parecen ser tan independientes y estar tan separados. 


Las catástrofes de todo tipo generadas por los caprichos, mezquindades e ignorancia de los seres humanos (y hasta las que no lo parecen lo son), irán incrementando paulatinamente el nivel de víctimas físicas y psicológicas hasta que el mundo esté tan enfermo y tan perdido que ya no tenga remedio.


No sabemos si ese momento va a llegar, o cuánto de lejos estamos de que suceda.


Lo que sí sabemos, y esto es innegable, es que las personas no estamos nada bien. Incluso la gente que sonríe está triste, incluso la gente que tiene trabajo y un sueldo digno está preocupada por su economía, incluso la gente que tiene familia está sola, incluso la gente que parece sana está enferma. 


Lo que también sabemos es que alcanza con un abrazo. Cada vez, ante cada situación, ante cada crisis, ante cada problema, ante cada duda, lo que se necesita es un abrazo.


Físico o espiritual. Pero bien dado. Sentido. Presente. Amoroso. 


Hace falta decir que, lamentablemente, no nos han enseñado siquiera a abrazar ni a recibir un abrazo como corresponde. No tenemos idea de cómo se hace.


Más nos vale aprenderlo rápido. Para darlo y recibirlo a tiempo.


Porque sin abrazo no hay salida. 


O sí. 
Al cine. 
Directamente al corazón de la masacre. 

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