domingo, 8 de julio de 2012

El hombre que recuperó la vista.

La deliciosa frescura de su niñez y la sana picardía de su adolescencia se habían desvanecido en los arcanos misterios del tiempo. Su capacidad genuina de amar se había oxidado y carcomido, y en la meseta de su vida apenas podía adquirir cariños tibios y pálidos anhelos. 
Durante toda aquella época en que se vanagloriaba porque su belleza y juventud iban a durar para siempre, desarrolló una admirable capacidad para conquistar el corazón de los incautos. 
Su acto, con las sucesivas representaciones y el oficio que sólo deviene de pisar incontables escenarios, se convirtió en una maquinaria envidiable, ajena a las fallas, tupida en trucos y efectos. 
Sin cabos sueltos, la combinación se había vuelto casi irresistible: una impostada candidez que ella enarbolaba como su estandarte, un desfile de calculada fragilidad e inocencia, un puntilloso despiste, unas gotas de condicional generosidad, y una voz aniñada que, siempre desde la distancia, destilaba amabilidad y dulzura. Sus ademanes suaves y redondos eran herencia de su entrenamiento artístico; su sonrisa era enorme y siempre dispuesta. 
El mundo elogiaba la luz que ella había aprendido a desparramar sin discriminación; muy pocos atestiguaron su sombra, que sólo se hizo presente en los contados momentos en que su destreza demostró ser estéril para combatir la potencia desgarradora del amor, que irrumpe de sorpresa y nada deja ileso.

El producto final impresionaba favorablemente en su conjunto como lo hace una orquesta bien ensamblada; ante el sonido de la melodía que entonaba no pocos hombres se lanzaron al espejismo de sus encantos, y la amaron ciegamente. Esa fue precisamente su cruz: compraron una ilusión, compraron, sin ver, todo lo que ella vendía. 

Pero hubo al menos un hombre que logró penetrar en las escarpadas tierras de su corazón, anduvo a tientas entre la densa niebla y la tenebrosa oscuridad, acampó allí, descubrió lugares recónditos, miró a los ojos a los monstruos que la aquejaban, descubrió sus secretos más íntimos. Munido con la esencia primordial de su alma, se dedicó en su atanor a descifrar el antídoto para contrarrestar el veneno.
El hombre que había recuperado la vista, ahora inmune por obra del remedio, admiró su destreza, aplaudió la eficaz interpretación y se divirtió con sus aniñadas morisquetas. Después de todo, en el dorso de la moneda del drama siempre se encuentra el patético estruendo de la carcajada, igual que en el dorso de la falsa alegría y la ensayada suficiencia se encuentra la congoja infinita, agazapada a la espera de su momento para vomitarse como lava de un volcán.
Así, un buen día se descubrió la farsa, cuando la flecha de la verdad alcanzó el tendón de Aquiles de la histeria. El valiente Odiseo no necesitó ya tapones de cera, cadenas ni mástil, ni forzudos marinos que impidieran sus deseos salvajes y violentos. De repente desapareció su deseo; su pasión se transformó en compasión.
La sirena cantó su llanto, pero su voz al hombre le sonó grotesca y fingida, ante él sus gestos lucieron fraudulentos y amanerados. 
El hombre que había desbaratado la ceguera sintió la tristeza más pura. Sus ojos ahora contemplaban la autenticidad a través de la maleza transparente del engaño.

Abrazó por última vez a la sirena cuya melodía, cuando era ciego, lo había encantado. Le sonrió con sentida ternura, intuía que no volvería a verla. 
Ella también estaba ciega. Su corazón veía y penaba, pero sus ojos, determinados, continuaban alardeando torpemente acerca de paraísos inexistentes y fuegos fatuos.


Había intentado robarle todo, pero no pudo quedarse con nada.

En la meseta de su vida, rota la voz y cascado el llanto, la sirena seguía negándose a aceptar que su belleza y su juventud habían empezado a despedirse para siempre. Y también para siempre, en el camino ajeno a su corazón que aún no sabía cómo abandonar, comenzaba a instalarse en su pecho, otrora febril y magnético, un agujero vacío, tenebroso y oscuro como un cielo sin cielo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Jansenson Magia

Jansenson Magia
Visitanos en www.jansenson.com