viernes, 31 de agosto de 2012

Argentina

ACLARACIÓN: Este texto puede molestarle a algunas personas. Por favor lean con verdadera atención, interpreten bien, y comprendan que no le hablo a nadie en particular, sino en general y de MI visión de las cosas, que no tiene por qué ser correcta ni verdadera. 

Recién acabo de leer un texto que Juan José Campanella le re-envió a Alfredo Leuco, y éste convirtió en una columna. Campanella dice que él no es el autor del texto, que básicamente dice que queremos volver a vivir en una Argentina que nos enamore, y no que nos eche a cada paso y a cada decisión que se toma.

Yo estoy de acuerdo con lo que dice. Y también no lo estoy.

Quiero decir: por supuesto que no estoy de acuerdo con ciertas medidas que se toman. Por supuesto que me molestan los piquetes, me molesta que haya trabas para traer cosas de otros países, para comprar dólares, o para lo que sea. No me parece nada bien mucho de lo que sucede en este país, y por supuesto que, si comparo con lo que he visto suceder en otros países, me molesta más aún y me dan más ganas de irme corriendo a Ezeiza a tomar el primer avión que salga a cualquier destino que sea.

Y al mismo tiempo tengo que decir otras cosas en las que también creo fervientemente. También tengo la obligación, como ser humano sano que pretendo ser, de mirar la moneda por ambos lados, de saber que cada cosa tiene luces y sombras, para no hacer lo que mucha gente hace cuando se lava las manos de todo tipo de responsabilidad en lo que sucede en nuestro país, echándoles la culpa de TODO a los demás, mientras tira latas de gaseosa en la calle y se queja del gobierno porque cuando llueve se le inunda la casa. 

Lo digo ahora como un titular, y me explayo luego: a nuestro país también lo enfermamos nosotros. La enfermedad no la producen sólo los gobernantes, ni los políticos, ni los ladrones. Somos expertos en arruinar nuestro país. Lo hacemos entre todos. 

Nuestro país se deteriora a pasos agigantados por culpa de muchas cosas, entre las que también figuran las siguientes:

- Aproximadamente treinta millones de argentinos (casi el 100% de la población nacional) que mes a mes le pagan dinero a un contador para que éste los ayude a evadir la mayor cantidad de impuestos posible. Es una ley, no una excepción. Existen miles de formas de pagar menos y menos impuestos, declarar menos y menos ganancias, esconder más y más bienes. Esto sucede desde que yo tengo uso de razón, no empezó a suceder durante el gobierno actual. Es prehistórico de los piquetes, de la inseguridad y de los cepos económicos y cambiarios.

- Aproximadamente quince millones de argentinos (la población de la Capital Federal, que es la que conozco en detalle) que día a día, paso a paso, año tras año, se queja absolutamente de cualquier cosa que pase por delante de sus narices. Todo el mundo, o por lo menos la gran gran gran mayoría, se queja del tráfico, de los precios (aunque aumentan sin parar los valores de los productos que ellos venden), de la calidad de los productos (aunque compran insumos de peor calidad para servir a sus propios clientes), de los servicios (pero tienen la costumbre de dejar absolutamente todos los artefactos eléctricos encendidos aunque ni siquiera estén en sus casas), de las empresas (mientras en sus propios negocios subfacturan, evaden impuestos, reducen el tamaño de las porciones, sirven comida de inferior calidad a la que ofrecen, etc), del personal (mientras lo explotan de varias maneras diferentes), de la polución (mientras fuman en lugares prohibidos), de los ruidos (mientras tocan bocina como energúmenos), de la policía (mientras insultan y prepotean a los oficiales porque les dicen que no pueden doblar donde está prohibido o a la guardia urbana porque les dice que no pueden cruzar por cualquier parte), del cepo cambiario, y de la mar en coche. El argentino, más precisamente el porteño, hace de la queja su bandera. Y esto, repito, sucede por lo menos desde hace cuarenta y un años que llevo viviendo en este mundo.

- La gente se queja de todo. Pero jamás, en ningún país del mundo, vi un mercado tan grande y prolífico como el de la gente que vende (y la gente que compra) películas pirateadas en DVD sobre las mantas en la calle. Creo que no conozco ni una sola persona que no tenga más de una película pirateada en la casa, y te cuente con total impunidad cuántas películas que aún están dando en el cine ya ha visto hace semanas porque el mantero de turno se las consigue a seis pesos por película a una calidad extraordinaria. Nadie me lo ha contado con vergüenza, siempre con orgullo y una sonrisa de trofeo ganado.

- La prepotencia de la gente. Desde siempre. En todas partes. La gente no reserva para ir a comer, y cuando llega a un restaurante un sábado a la noche a la hora pico se queja porque no hay lugar, se fastidia porque tiene que esperar, y se va enojada, sin comer, como si le hubieran robado. 

- La soberbia del porteño, que cree que es superior a Dios. Todo el mundo está de vuelta de todo. Todos somos cancheros, superados, todos ya vimos todo, ya vivimos todo, ya probamos todo, ya sabemos todo. 

- Todos hablan sobre una Argentina que nos enamore. Pero casi nadie que yo conozco conoce NADA sobre nuestro país y jamás planificó un viaje a ninguna de nuestras provincias. Todos, o casi todos, viajan como cosa normal a cualquier otro país y visitan regularmente los museos en Europa, pero no los de Buenos Aires. 

- La gente va corriendo a ver los recitales de los artistas extranjeros, pero ni se le ocurre sacar entradas un día antes para ir a ver a artistas locales, para apoyar las producciones nacionales, para ayudar a que la rueda de nuestra economía funcione más fluidamente. Eso a nadie le importa. Y encima llegan a la boletería el día de la función, a la hora en que la función está empezando, y pretenden que les den fila tres al centro. Y se indignan si no llega a haber más entradas. 

- Cero conciencia del otro. Cero respeto por el de al lado. Cero ceder el paso, cero dejar pasar primero a quien lo necesita o a quien lo pide o a quien aparece. Cero dejar buenas propinas, cero saludar al empleado del estacionamiento o al guardia de seguridad. Cero tratar con respeto al chico que trae la pizza, cero preguntarle el nombre al cadete del supermercado que trae el pedido. Cero humanidad. Cero.

- Nadie quiere pagar impuestos, nadie quiere declarar sus propiedades, nadie quiere blanquear sus negocios, nadie quiere tributar por sus emprendimientos. Ahora: cuando les dicen que los van a vigilar, cuando les hacen saber que van a tener que declarar por la fuerza en qué gastan su dinero, ponen TODOS el grito en el cielo, indignados, como si les hubieran violado a un familiar cercano.

- Vivo escuchando quejas, quejas y quejas. Vivo viendo rostros indignados, escuchando gritos terribles, atestiguando cómo la gente se pone cada día más rígida, tensa, amargada, deprimida, desesperada, enojada, frustrada. Cada día más en contra de todo, cada día más firmemente decidida a irse a cualquier parte, cada día más histérica, contestataria, discutidora, gritona, sacada. 


No tiene por qué ser así. No tenemos por qué ser víctimas de nada ni de nadie. No es necesario que padezcamos todo todo el tiempo.
Somos los dueños de nuestra vida. Somos libres, aunque alguien diga que no lo es porque no puede comprar dólares. 
Podemos elegir cómo vivir. Podemos vivir espléndidamente. Y para eso no necesitamos dólares.
Podemos elegir vivir sonriendo, podemos elegir NO enojarnos todo el tiempo.
Podemos dejar de quejarnos como forma de vida. Podemos elegir cómo usar nuestra energía disponible y los recursos que sí tenemos.
Podemos elegir dar, en lugar de hacer fuerza y más fuerza para recibir.
Podemos elegir dejar pasar primero al otro.
Podemos elegir en qué gastar o invertir nuestro dinero. No tiene por qué ser siempre en cosas caras, ni lejanas, ni prohibidas. Podemos entrenarnos a nosotros mismos para vivir una vida plena, llena de sentido y significado, sin tanta mente, sin tanto ego. 
Podemos elegir disfrutar de cosas sencillas, para las que no se necesita ninguna moneda, ni siquiera la nuestra.
Podemos viajar a cualquier parte de este mundo o de cualquier otro sin movernos de nuestro sillón, sólo cerrando los ojos y poniendo una música que nos haga volar. 

Podemos volar. Sin necesidad de subir a un avión.

Podemos ser ricos. Sin necesidad de tocar dinero.

Podemos ser espléndidos. Pero jamás lo seremos si vivimos quejándonos de lo que nos falta. 
Porque el esplendor tiene que ver con darnos cuenta de que, aunque no tengamos nada, en realidad lo tenemos todo.

Y aunque nos quiten todo, en realidad no pueden quitarnos nada. 

3 comentarios:

  1. Ver las 2 caras de la moneda... de vez en cuando me cruzo en mi camino con gente que es feliz, gente que realmente vive las 2 caras de la moneda... Gracias por tu palabras... =D

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  2. Estoy totalmente de acuerdo con tu comentario, los argentinos vivimos diciendo que en este país nadie controla nada, pero cuando alguien quiere controlar pegamos el grito en el cielo. En el fondo queremos que todo siga igual o a lo sumo que lo investiguen al otro. Los porteños viven quejándose y son los que mas aprovechan todos los subsidios. Lo principal es que podamos volar sin tomar un avión, podamos ser ricos sin necesidad de tener dinero y no seguir quejándonos para que como decir podamos ser espléndidos. Un abrazo Hector

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  3. Hola, fui a ver tu espectáculo anoche, debo confesar que no conocía nada de tu trabajo ni tu vida. Luego de leer tus reflexiones y ver como te prestaste a sacarte fotos con todo aquel que quiso hacerlo, me encantó el hecho de que seas más que una persona de "espectáculo" (cosa que tiendo a creer de la gente que se dedica al entretenimiento en general), con conciencia, preocupación por el otro e introspección...quedé gratamente sorprendida.
    Por otro lado me alegra no ser la única que ve el país así...

    (Lo irónico de esto es que para publicar este comentario el sitio me pide que "demuestre que no soy un robot"...a lo que hemos llegado)

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Jansenson Magia

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