domingo, 19 de agosto de 2012

El éxito.

Pedir. Esperar. Reclamar.
Tres formas de postergar el éxito, en cualquiera de sus formas, en nuestra vida. 

Sentenciar. Desear. Caminar hacia adelante por el centro del camino.
Tres formas de encontrarlo. 

Seas quien seas, sea cual sea tu misión en esta tierra y en esta vida, deja ya de ser la víctima. Deja ya de discutir, deja ya de encontrar razones en todas partes para justificar tu fracaso o tu frustración. Deja ya de culpar a los demás, sean quienes sean, por lo que no puedes lograr. 

Te ves muy mal ante el mundo. No es luminosa la imagen que proyectas. Tu enojo se transparenta desde tu corazón, y por mucho que sonrías a los demás y a Dios, en algún lugar y sin saberlo, todos ellos lo saben. Se te filtra la impotencia por los poros, se te escapa el amargor por cada resquicio de tu cuerpo. 

No eres la persona que ellos buscan. No hay nada de ti que ellos necesiten. No tienes posibilidad de ganar ningún casting en ninguna casa ajena. 

Y es cierto. Tampoco conocen tu verdadero valor. Un poco porque no lo sabes mostrar, aunque te parezca que lo hiciste muy bien. Otro poco porque no les interesa, en realidad. Ya tienen lo que necesitan, y de todas formas no necesitan tanto. Mucho menos de ti. 

Entonces, deja ya de ir por la calle con el diario debajo del brazo. No se consiguen trabajos de dueño ni de estrella en los clasificados. Deja ya de lamentar cada día que el mundo no aprecie tus dones. Tu problema es que tú no te valoras lo suficiente. 

Ya te escucho gritarme a la cara que sí, con el pecho inflado. Ya te veo inflar las venas de tu cuello y odiarme porque estoy diciéndote aquello único que no soportas escuchar. 

Pero es la verdad.

Lamento que tus seres queridos no tengan la valentía para enfrentarte y hablarte claramente a la cara. Lamento que muchos de ellos decidan, por cobardía, ser tus cómplices y acompañarte con las cacerolas a la vereda a reclamarle a los culpables de tu falta de plenitud. 

Tienes en ti el potencial de mover montañas, llegar muy alto, lograr grandes cosas, cambiar el mundo. 
Las habilidades que intentas hacer reconocer no son nada comparadas con tu verdadero potencial. 
Tú quieres ser la máxima autoridad literaria del mundo. Pero podrías ser Dios, y entonces ¿a quién le importaría escribir?
Tú deseas abrir el mejor negocio de la especie. Pero podrías hacer brotar alimento de las piedras, y así ¿a quién le importaría cuántas mesas tiene el local?
Tú deseas conquistar a la persona más bella del sexo opuesto, pero podrías conquistar a la humanidad completa con tus verdaderos dones, por lo tanto ¿a quién puede importarle si tienes pelos en la espalda o granos en la cara, o un coche importado en tu cochera?

No lo entiendes. Todavía sigues mirándome con los ojos perdidos, las venas inflamadas, sigues moviendo la cabeza de lado a lado mostrándome tu negación, sin darte cuenta. No te das cuenta, no puedes verlo. 
Dices que sí, pero se te nota el rechazo que sientes por estas palabras. 

Te ofrecen alas, y tú sigues quejándote porque el coche no arranca. 
Te ofrecen el cielo y la eternidad, y tu sigues gritándole al camarero porque se confundió con tu pedido, gritándole a los gobernantes porque los impuestos aumentaron, gritándole a tus hijos porque sacaron una nota baja en el exámen, gritándole a tu pareja porque compró el color equivocado de mantel para la mesa. 

Te ofrecen el esplendor, y tu sigues despreciando tu imagen en el espejo porque tienes algunos kilos demás o algunos cabellos de menos. 

Nadie va a ayudarte. Al menos nadie cuya ayuda valga la pena. 

Y el secreto es que quien sabe mirar puede verte en verdad, y puede ver que reclamas ayuda a los demás, pero tú no te ayudas. Les pides a ellos que vean lo mejor de ti, pero tú no puedes verlo, y pides apreciación por una versión de ti que no es la mejor, ni está cerca de serlo.

Debes detener tu marcha alocada en busca de cosas que no tienen sentido. 
De hecho, al eternizarte en tu fracaso, la vida está haciéndote un favor enorme: está impidiendo que consigas algo que luego vas a rechazar, un éxito efímero, una gloria vana, logros materiales o falsamente espirituales que no van a aportar ni un gramo de verdadera plenitud a tu vida. 

Agradece a quienes no te ayudan. Agradece a quienes te rechazan. Bendice a quienes te cierran las puertas. 

Y empieza ya de una vez a hacerte cargo de tus cosas. 
No eres tan genial escribiendo. No eres tan grande como crees. No eres indispensable, no lo eres. 

La televisión, el gobierno, la empresa, el equipo, todos ellos pueden seguir adelante sin ti. 
Nadie te necesita verdaderamente, salvo que empieces a convertirte en quien puedes llegar a ser. Tú. Tu verdadero ser. 

Hasta ahora lo único que has hecho es fuerza para empujar una pared que no va a moverse. Está garantizado.

Pero hay una puerta. Que no está cerrada y que no necesita llave.
Esperando por ti. 

Del otro lado está tu paraíso personal.
El día que puedas liberarte de tu carga serás bienvenido allí, para sumarte al grupo de los  que, en lugar de pedir y reclamar y buscar y hacer fuerza, se dedican a dar, caminar hacia la luz y agradecer lo que encuentran por el camino. 
Los que hacen un mundo mejor con su sola presencia, los que realmente son indispensables porque recogen la basura y limpian la calle, espiritual y energéticamente hablando, de negatividad y de caos, aportando con sus ínfimos granos de arena siempre armonía y amor.
Con una pluma, con un cucharón, con un carrete de hilo, con una pelota o con un retazo de tela. Da lo mismo. 

Deja ya de hacer berrinches, recupera la compostura, sonríe y empieza a andar el camino de convertirte en quien verdaderamente eres. 
Una divinidad. Sin restricciones. 

Jansenson Magia

Jansenson Magia
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