sábado, 25 de agosto de 2012

La magia y la música

http://www.youtube.com/watch?v=cMIXQgMMdDU

Charlotte and Jonathan, Tangoloco, Tenoreon.

Esa es la parte de la magia. 
Y luego está la música. 
En todas partes, para los que pueden oírla y para los sordos, que a veces también oyen. Para los que saben que hay siete notas y para los que ignoran todo acerca de una forma de comunicación antigua como el mundo, para los que procesan todo con la mente y para los que, como no puede ser de otra forma en este caso, con la mente anulada, sólo pueden recibir con el corazón.

Debido a una relación amistosa desarrollada a lo largo de varios años con Daniel García, líder del grupo, ayer estuve invitado a compartir el escenario con Tangoloco, en el marco del festejo de los diez años de la banda en el Velma Café de Palermo. Tangoloco fusiona diferentes estilos de música con el tango. Su trabajo más reconocido ha sido la fusión del tango con la música de los Beatles, y probablemente Yellow Submarine, fusionada con un candombe, sea el sello de la banda. Más recientemente, fusionaron la sonata Claro de Luna, de Beethoven con Adiós Nonino, de Astor Piazzolla, en una versión deliciosa que disfruté en esta oportunidad por primera vez en vivo. 

Tangoloco tiene en vivo una magia que percibí desde la primera vez que los escuché tocar, en Pinamar, hace ocho años. Walther Castro, en el bandoneón, hace sonar su instrumento con una gracia, humildad y vibración que sólo son comparables con lo que transmite con su mirada y su conversación, siempre chispeante y rica en matices, dulzura e ingenuidad. Cristian Colaizzo entiende el juego y lo juega con gran soltura e idoneidad, y con una picardía que no siempre puede esconder en su aparente escepticismo y su profesional sobriedad. Horacio Montesano parece siempre ausente, siempre silencioso, pero sus guitarras hablan y lloran y gritan, y llevan a la música a pasear a otros lados, adonde, como diría Papini, tocan y cantan noches enteras para fiestas desconocidas. 
Ayer el Mono Hurtado fue reemplazado por Pablo Gimenez, que con su voz y el bajo se trepó a las alturas de la banda. Y Daniel García bueno, desde el piano hace sencillo lo que parecería imposible; cuando agita sus rulos al tiempo que sus dedos la banda cobra vida y la música se hace magia para conquistar todas las almas en una ceremonia que honra el misterio y eleva el arte, escribiendo nuevas reglas para las búsquedas más osadas en los caminos de crecimiento y desarrollo.

Alguien para quien la música es su vida pero aún caminando no comprende el camino le pregunta a Daniel cómo se hace, por dónde se empieza, cuánto dinero se necesita para lograr el éxito. El intenta una respuesta, pero algo en su vaguedad probablemente buscada dice, sin decir, lo que Beethoven respondió cuando le preguntaron qué quiso expresar con su quinta sinfonía: "si yo pudiera expresarlo con palabras, no habría tenido que hacerlo con música". 

La pizza precede lo que el brindis sella al final del encuentro. En el brillo de las miradas mientras se cambian vestuarios por ropas de calle y se planea la noche por venir se encuentran todas las respuestas. Diez años que no han pasado en vano, diez años de un camino que está rubricado por un vínculo que sólo puede haber sido concebido lejos de la tierra y cuyas reglas no han sido dictadas por seres humanos. Ellos sólo se ocupan de honrarlo, también en silencio de palabras, permitiendo que a medida que los arreglos se estilizan y se pulen, también se afiance un grupo que parecería ya no necesitar explicaciones ni partituras. 

En esa mesa, con las sillas tullidas por el maltrato de algunos que siempre buscan y nunca encuentran, los respaldos apenas dignos sostienen perfectamente sus espaldas, los apoyabrazos inexistentes sirven para que se apoyen brazos y manos, vasos comunes se transforman en copas de cristal, y un vino digno en un elixir de vida eterna, para un brindis que dejará estela y será discurso de promesas indestructibles para vaya a saber cuántos más años de música y de magia. 

Pero la noche recién empezaba. La cena tuvo que ver con la lírica, y con amigos que se convierten, según sea el caso, en anclas o en faros. La charla se descubre siempre profunda aunque se combina con chispazos de frescura y superficialidad. Se habla del "señority", se vuelve a aprender que la grandeza reside justamente en guardar silencio cuando uno tiene excusas de sobra para alardear, en no decir aquello que otros se morirían por gritar. En saludar cuando hay Buda, en seguir de largo cuando se encuentra sólo una estatua de madera o de oro, sin importar lo que intente imponer. La charla está bañada con lágrimas tímidas que no quieren perderse la fiesta, con vino que no quiere terminarse en las copas, con visitas que piden disculpas porque el entorno no está a la altura de la charla, aún cuando nadie puede escuchar lo que se dice en la mesa. 

Y luego Charlotte y Jonathan. 
Ese inmenso pedazo de persona que parece una montaña. Y una niña apenas que se sienta a su sombra y acompaña su aparentemente quieta cruzada. 

Dicen que la mejor forma de mover una montaña es poner adelante de ella a un ser que ha sido golpeado por la vida, a quien se le ha dicho que no podría llegar a ninguna parte. 
A quien el status quo le ha dicho que los moldes no se han hecho para contenerlo, ni los espejos para reflejarlo. Que no hay lugar para su voz ni su persona en los casilleros ya abarrotados de gente perfecta que luce como si hubiera nacido para las portadas de las revistas.

Y Simon dice, antes de que los chicos se presenten: "justo cuando uno creía que nada podía empeorar".

Y entonces cantan.
Y donde ellos empiezan las lágrimas resbalan y las palabras terminan. 

Con un brindis. Con el Nono Pugliese, que luego de un recital se acerca a su manager y le pregunta "¿le dejó una buena propina al mozo?". 
Con René Lavand, siempre, que dice "Es importante lo que se hace, pero más importante es lo que se dice mientras se hace. Y lo más importante de todo es cómo se ESTÁ, mientras se dice y se hace."
Con una cantante que ha venido a escuchar a la banda, que quiere tener éxito en su carrera, que dice: "aunque sé que duró una hora y media me pareció que fueron veinte minutos". Si ella pudiera escucharse hablar, y si se prestara suficiente atención, se daría cuenta de que en su frase están todas las respuestas que busca. 

Con la camisa abierta, el sudor todavía vivo, la pizza fría y aún deseable, el abrazo habitado y la sensación de que la magia y la música lo han teñido todo de colores, y por lo menos esta noche han destrozado todas las barreras, respondido todas las preguntas y resuelto todos los problemas. 

Ojalá que logremos soltarnos aunque sea un poco de las garras de la vorágine, para que las lágrimas rueden libres hasta el que sea su destino y sean recordadas para siempre. 

Jansenson Magia

Jansenson Magia
Visitanos en www.jansenson.com