lunes, 24 de septiembre de 2012

Carta a los magos (o a quien la reciba)

"La magia no es un arte."

"Es un oficio" -me dijo un mago hace algunos años. 
Lo dijo con tristeza, y lo dijo en serio.
Estuve de acuerdo.

Agregó: "sin embargo, hay magos que elevan el oficio a la categoría de arte".

Pensé que así sucede con los zapateros, los orfebres, los verduleros, los camareros, los deportistas, las enfermeras. Algunos elevan sus oficios a la categoría de arte. Y se los llama magos.

Se dice que durante el Renacimiento los artistas dejaron de buscar la belleza y la eficacia y retomaron la búsqueda de lo sublime, la conexión con el todo, con fuerzas invisibles que participan del proceso y de la obra, que ya no se podían seguir ignorando si el arte debía evolucionar y trascenderse a sí mismo.

Hoy se habla de ese período como parte de la historia, un lugar al que a nadie se le ocurriría intentar volver. Sin embargo, lo sublime sigue siendo un objetivo para millones de emprendimientos. Hay, "por suerte", mucha gente comprometida más allá de lo indispensable y de lo necesario. Hay músicos que hacen helar el lago cuando tocan la melodía del invierno, hay poetas que con una palabra hacen cantar el vino en las tinajas, hay magos que logran transformar una tormenta en un cielo diáfano, hacen resurgir una rosa de las cenizas. Hay hombres comunes, locos, por cierto, que con sólo caminar hacia el océano embravecido hacen cambiar de idea al corazón de Dios.

Ninguno de ellos se denomina a sí mismo artista. Apenas "intérprete", que casi nadie sabe que etimológicamente significa decodificador de lo divino.

Sin embargo, hay personas que ejercen su oficio con una gran eficiencia y dignidad. Ellos también merecen un gran reconocimiento, profano, de sus logros. Para lo sagrado, lo sublime. 

Mal que les pese a los magos ortodoxos de la escena de la época moderna, hacedores de efectos cuyo único objetivo es el asombro, lo que persiguen es banal, efímero y contraproducente.

La magia siempre sirvió para otra cosa. A ningún mago de aquéllos le hizo falta llegar a la época del Renacimiento para descubrir el camino de lo sublime ni para abandonar la búsqueda egocéntrica de lo bello, estético, satisfactorio o comercial. La magia, desde sus comienzos, ha tenido el único objetivo de restablecer el orden en el caos cuando el mundo empezó a funcionar con el combustible del capricho humano, de tender un puente con lo invisible cuando todo se hizo demasiado visible, de sanar lo enfermo en la naturaleza, de corregir el rumbo errado de aquellos ineducados representantes de la religión, la cultura y la política que decidieron utilizar sus herramientas para beneficio de sus vulgares y siniestras intenciones. 

Es comprensible que la conexión con ese tiempo y esa conciencia haya desaparecido. Es lógico que ya casi nadie recuerde de dónde venimos todos nosotros. Es sensato, aunque triste, que tanta gente ignore a sabiendas un conocimiento tan profundo, útil y trascendente para seguir adelante con proyectos cortoplacistas, mezquinos e insignificantes, que se asemejan a un niño empuñando un fusil de juguete y haciendo ruido de metralleta con la boca en medio de un campo de guerra en plena batalla. 

Es comprensible, lógico y sensato, para casi todo el mundo.

Pero no para quienes ejercen el oficio de la magia. 

Aunque no se tenga conciencia explícita de ello, existe un arquetipo, existe una fuerza invislble que el mago puede necesitar negar, pero el público desea y necesita exponer y potenciar. El mago aún tiene la responsabilidad ineludible de tender el puente, abrir puertas, proponer misterios, invitar a la transformación, aunque para ello deba devanarse los sesos y renunciar a cientos de comodidades en el proceso de lograr lo inmenso con lo ínfimo, lo imposible con lo posible, lo infinito con lo finito, lo sagrado con lo profano.

Para quien no existe esa intuición, ese deseo, esa necesidad, ese motor, el futuro es poco prometedor, el horizonte está en la otra cuadra de su casa y la cúspide del Everest en el bar de la esquina. Los aplausos serán condescendientes aunque suenen fuerte, los premios serán en forma de estatuillas de plástico o de madera o medallas redondas de metales más o menos valiosos, y el éxito será, en cualquier caso, solamente monetario.

Y antes de abandonar este mundo, el día en que en una habitación se reúnan los jueces que importan de veras, quienes hayan abandonado el camino recibirán el único castigo que en realidad duele: el arrepentimiento de no haber sido quienes la vida les dio el regalo de ser. 

Todos los días veo en internet videos de "magos" con títulos llamativos y rimbombantes que los preceden. Casi sin excepción se dividen en dos grupos: los ignorantes del oficio y del arte que ni siquiera logran realizar dignamente un efecto relativamente sencillo ni hilar una frase coherente e incluso a veces terminan revelando sin querer cómo funciona su artilugio y dando vergüenza, y los vanidosos que sí realizan con cierta solvencia su efecto y creen que en la destreza que han logrado y el aplauso recibido está cerrado el círculo de sus vidas. Sonríen con la suficiencia de quien ha cumplido su más alta meta en la vida y se dispone a morir en paz, a mano con la vida y con Dios.

Y olvidan que vanidad también es no hacer lo que uno está destinado a ser por pura pereza, negligencia o desidia. Por miedo.

Aunque ellos lo nieguen para siempre, lo saben: la magia no tiene nada que ver con la eficacia ni con la destreza ni con el asombro.

Quiero decir: ellos también sienten un asombro inmenso cuando ven despegar un avión. Pero ni por un segundo se les ocurre pensar que el despegue es el viaje.

Y sin embargo salen a la calle a vender despegues. Que no incluyen viaje. 

viernes, 14 de septiembre de 2012

Carta a un restaurante


A quien corresponda:

Hoy, jueves 13 de septiembre de 2012, fui a comer a vuestro local, y por sexta vez desde que soy cliente del lugar me rechazaron en la puerta porque había un evento privado. No me pidieron disculpas ni nadie se mostró preocupado por mi decepción. Una recepcionista a quien yo no conocía frescamente me dijo, "no, hoy hay un evento privado exclusivo y el lugar está cerrado."

Dado que la semana pasada la sommelier del lugar (a quien aprecio), cuando me iba del restaurante, me dijo que soy uno de los mejores clientes del lugar (y me recalcó que lo decía en serio), me tomo el atrevimiento de escribirles este mensaje para contarles que hoy fue la última vez que visité vuestro local, en tanto y en cuanto continúen con la política de cerrar el lugar en horario de cena y/o almuerzo para eventos privados exclusivos y por ese motivo prohibiéndoles la entrada a los clientes que llegan al lugar a comer como lo hacen regularmente.

Desde hace aproximadamente 20 años soy un asiduo consumidor de gastronomía en Argentina y en otros países. Asiduo significa que consumo alimentos y bebidas afuera de mi casa absolutamente todos los días, y almuerzo y/o ceno en restaurantes y bares aproximadamente 10 veces por semana, casi como una regla. Pero no soy un consumidor de "comida" sino de "experiencias". Busco ser agasajado, bien atendido, bien recibido y por supuesto bien alimentado. No considero que sea un gran cliente de los lugares, pero sí considero que soy un cliente respetuoso, bien educado, fiel y consistente. Y sobre todo, soy una persona respetada, y mi opinión y recomendación sobre los lugares que conozco y frecuento le importa a mucha gente.

Mi opinión sobre vuestro lugar, al respecto de los eventos privados, es que tiene una política completamente errada.

En estos últimos (aproximadamente) 20 años, en los que consumí almuerzos o cenas unas 10.000 veces en diferentes restaurantes y bares y me convertí en fiel cliente de algunos de los que considero los mejores mundo, solamente 8 veces me dijeron que el lugar estaba cerrado porque había un evento privado. Una vez en Tao de Las Vegas, porque era el cumpleaños de Lady Gaga (pero me invitaron una copa de champagne y me dieron una tarjeta con un 25% de descuento para mi próxima visita), una vez en Guido's Restaurante, de Palermo (adonde de todas formas me invitaron a comer en la barra de patio y no me cobraron la comida), y las otras 6 veces en Fin del Mundo (adonde rara vez me han invitado un café).

Ustedes dirán: hay que llamar para reservar y así usted puede enterarse de que el lugar está cerrado.
Yo respondo: ni siquiera en Nobu, en New York, lugar en el que se reserva con 30 días de anticipación, me dijeron jamás que no podía comer porque no había lugar, mucho menos por el motivo que hoy me hace escribirles estas palabras. Por  supuesto, alguna vez me dijeron que no tenían mesa inmediatamente, pero que podía esperar hasta que se desocupara una.

En los restaurantes se le da de comer a la gente que viene a comer.

En los salones de eventos se hacen eventos.

En los restaurantes, algunas veces, se pueden hacer eventos, FUERA DEL HORARIO DE ALMUERZO Y DE CENA. O eventos "no exclusivos" en los que el evento ocupa un gran porcentaje del espacio, pero se deja un pequeño lugar disponible para aquellos clientes regulares que llegaron sin avisar. 

Me dedico a organizar y trabajar en eventos desde hace 15 años. Y sé que se puede tranquilamente decirle a un cliente "mire, el lugar COMPLETO no se lo podemos alquilar. Tenemos clientes regulares a quienes no podemos decirles que no si vienen a comer". Punto final.

Estoy desde ya persuadido de la posibilidad de que si no he reservado algún día no pueda comer en el lugar porque está lleno. Y de hecho, cuando me ha sucedido, me ha parecido excelente y no he tenido ningún problema en esperar o buscar otra opción para esa oportunidad. Pero que el lugar no se decida si va a ser un restaurante o un salón de eventos y uno tenga que encontrarse al azar con el lugar demorado o cerrado porque hay eventos salteados me parece una falta de criterio y de foco, y como cliente no deseo ni estoy dispuesto a seguir siendo cómplice de este error de política de la empresa.

Fin del Mundo no es Nobu, ni el Bulli.

Es apenas un restaurante que tiene una buena propuesta pero hasta ahora ha demostrado infinitas falencias en el servicio todos los días, (por lo menos todos los días que yo los he visitado). 
Hasta ahora, en mi relación con vuestro lugar, la balanza se ha inclinado hacia el lado positivo y he decidido continuar apostando PORQUE se les notó siempre la voluntad de dar lo mejor, y de cuidar al cliente.

Hoy mi apuesta por ustedes se terminó.

Si algún día deciden transformarse en un restaurante serio, que mientras está abierto se dedica a DAR DE COMER a los clientes, y hace los eventos en otros horarios o hace eventos no exclusivos ni prohibitivos para quienes no participan en ellos, quizás deseen hacerme saber.

Mientras tanto, me despido de ustedes enviándoles mis mejores deseos.

Norberto Jansenson.

martes, 4 de septiembre de 2012

Ser humanos

Hace un mes cambié el aparato de teléfono celular. Al mismo tiempo me cambiaron de plan por uno mucho mejor, según me dijo Sergio, siempre confiable, siempre de buen humor, siempre atento, respetuoso y amigo.

Hace una hora me llamó una telemarketer de la compañía. En un volúmen excesivamente alto, en un tono típicamente histérico y mecanizado en el que se mezclan voces de diferentes castellanos que incluyen el "usted" el "tú" y el "vos", a la velocidad del coche más rápido de la fórmula uno, sin hacer pausas ni siquiera para respirar, sin preguntarme si estoy contento con el servicio y con la empresa ni si tenía tiempo para hablar con ella ni si tenía algún interés en escuchar un ofrecimiento interesante, me ofreció "un plan nuevo que estamos ofreciéndoles a ciertos clientes especiales". 

Mientras enumeraba las ventajas de este nuevo plan, siempre a la velocidad de la luz de forma que no pude comprender bien qué diferencias había con el plan en vigencia, le pedí por favor que me hablara más lentamente porque no podía seguirla. Me dijo cómo no, e inmediatamente me preguntó si podíamos proceder a realizar el cambio.

Dije no.

Silencio.

"No estoy muy seguro de sentir confianza en lo que me proponés -agregué-, voy a tener que ir a la sucursal a averigüar de qué se trata este plan nuevo. Hace un mes me dijeron que el plan que tengo ahora era mucho mejor que todos los demás del mercado, y ahora vos me decís que éste es mejor, pero me hablás tan rápido y tan mecánicamente que no puedo entenderte y no me siento bien diciéndote que sí a algo que no comprendo."

Silencio.

Y a partir de ese momento, algo pasó. Sin que ella se diera cuenta, su forma de hablarme cambió por completo.
Empezó a hablar con matices, como un ser humano. Sutilmente indignada y decepcionada, porque REALMENTE me estaba ofreciendo algo muy favorable para mí y sin letra chica, empezó a explicarme las ventajas del nuevo plan como una guerrera, convencida de la bandera que defiende con su espada, ya dejó de tratarme de "usted" y me hablaba de "vos" como si fuera una amiga que necesita hacerme entrar en razones cuando me asalta un capricho. Sus palabras dejaron de ser las de un manual para transformarse en las de una mujer de veintipico de años que puede no sentir pasión por su trabajo ni máxima identificación con la empresa que representa, pero tiene dignidad, siente cosas, y puede expresar emociones cuando se la saca de su zona de comodidad, se la presiona un poco más allá de los límites del discurso aprendido, y cuando sabe que una propuesta de mala calidad es indefendible, pero el rechazo por no haber sabido transmitir una gran propuesta es inaceptable. 

"Voy a aceptar el nuevo plan porque a partir de que te dije que no tu forma cambió, y sentí que te pusiste humana y defendiste la propuesta porque es buena de verdad."

Silencio. 

"Aguárdeme (otra vez el "usted") un instante mientras proceso el pedido."

Y luego, para el final anecdótico, sonó la musiquita unos minutos, me pidió algunos datos para confirmar mi identidad (¡al final de la conversación de media hora!), y me dio el número de referencia.

Quise compartir esta historia porque siento que refleja lo que nos pasa a casi todos casi todo el tiempo.

Vivimos con un casette instalado con tornillos en nuestra mente. Actuamos según lo que está grabado en el casette, que repite y repite el mismo discurso mecánico y rígido una y otra vez. Nuestro speech es siempre el mismo, nuestra forma de hacer, de relacionarnos, de pensar, de soñar, es siempre la misma. Muy pero muy pocas veces actuamos con espontaneidad, con el corazón, con verdadero entusiasmo, con auténtica pasión. Sucede en los raros episodios en que algo externo o interno nos produce un cortocircuito en la mente. Cuando el sistema eléctrico colapsa, cuando el piloto automático se queda sin baterías, y entonces no queda más remedio que pasarse a "manual". A "real". A humano.

Fuera de esos efímeros instantes, cotidianamente cometemos los mismos errores de siempre porque seguimos intentando abrir la misma puerta de siempre con la misma llave de siempre, aunque la primera vez ya hayamos notado que es la equivocada. Perseguimos el mismo tipo de proyecto, nos acercamos al mismo tipo de gente, comemos la misma comida, incluso cuando ya nuestro cuerpo ha dado sobradas muestras de que no nos sentimos bien luego de recibir ese alimento. Eternizamos patrones mal diagramados, nos regimos por contratos que han sido firmados antes de que tuviéramos la capacidad de ejercer nuestro libre albedrío, respetamos códigos que ya no nos expresan, usamos nuestro dinero para cosas que ya no nos dan satisfacción, mantenemos relaciones que nos dañan, sólo porque vienen en un paquete llamado "es lo que hay" ó "te alcanza para esto". 

Peor: nos recitamos el discurso a nosotros mismos, y nos lo creemos, todas las veces. Somos los primeros en decir "no me quejo" o peor: "no hay que quejarse". Nos apuramos a decir "yo tampoco soy ninguna maravilla" o "está bastante bien para lo que cuesta". 

Podría pasar el día dando ejemplos, pero si con un ejemplo no alcanza, con un ejemplo es más que suficiente.

El casette de la mente nos empuja directo hacia el abismo del rechazo, incluso aunque tengamos algo maravilloso para ofrecer. 
Lo tenemos. 
Y es una pena que no podamos darlo a conocer debido a la horrenda rigidez que produce el miedo al rechazo.

Ser humanos. 
Es casi lo único que vinimos al mundo a ser. 
Y es casi lo que menos somos.

Jansenson Magia

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