sábado, 3 de noviembre de 2012

Miedo.

Ella me preguntó si alguna vez tuve miedo.
A qué, por qué, cómo, cuándo.

Por supuesto que he tenido miedo. Para no tener miedo habría que no tener mente. 
Si tuviéramos alma solamente, corazón solamente, no mente, no existiría el miedo.

Cuando no sabía quién era el miedo, de dónde venía ni para qué, tenía miedo a casi todo. 
Alguien o algo dentro de mí se pasaba el día diciéndome "no servís para nada", "te merecés menos", "va a salir mal", "te vas a morir", "vas a sufrir, va a doler", "no sos buen hijo, no sos buen hermano, no sos buen mago, no sos buena persona". Yo crecía en edad, pero mi cuerpo se encogía, de miedo.

Así, tuve miedo a no ser digno de los dones que me convidó la vida, tuve miedo a ser irresponsable, a contaminar el mundo con mi paso por la tierra, a no ser suficientemente buen alumno, a decir lo que pensaba, a que mis sentimientos fueran indignos, a ser descubierto mientras descubría mi intimidad, tuve miedo a no gustarles a las chicas y luego a no gustarles a las mujeres, tuve miedo a no ser nunca un buen jugador de ningún deporte, tuve miedo cuando me robaron, de que me lastimaran; tuve miedo, siendo más chico, mientras me encontraba perdido en el bosque de Las Toscas, a que jamás me pudieran encontrar.

Tuve miedo a no servir. 
Tuve miedo a que, aquello para lo que sí servía, al mundo no le sirviera para nada. 

Tuve miedo a no ser un buen amante, a no besar bien, a decir algo que lastimara a otra persona, a decir algo que no fuera toda la verdad. Tuve miedo a la verdad. Pero ese miedo duró poco, porque descubrí que el miedo es quien tiene que tener miedo a la verdad y a quien dice la verdad.

Tuve miedo a no tener trabajo, a tener trabajo pero que no me alcanzara para mantenerme, tuve miedo a que el dinero desapareciera porque yo no lo estaba tratando con suficiente cuidado o respeto. Tuve miedo de hacer daño con el dinero, daño al mundo, usándolo mal, usándolo para cosas que no fueran luminosas.

Tuve miedo de ser una persona oscura, de perder el tiempo, de que nunca se unieran las piezas sueltas del rompecabezas interno que siempre supe que existía dentro de mí. 

Tuve miedo de ser prepotente, vanidoso, injusto, cínico, banal, vulgar, pagado de mí mismo.

Tuve miedo de ser bueno, blando, permisivo, ingenuo, torpe, vacío.

Tuve miedo de no amar, de no poder volver a enamorarme (cada vez que transitaba el duelo de un amor que no pudo ser). Tuve miedo de no escuchar a Dios, o de no entenderlo, o de malinterpretar sus mensajes. Tuve miedo de interpretar mal mis sueños, tuve miedo de estar loco por creer que Dios podía hablarme o enviarme mensajes, o por creer que los sueños son un mapa de ruta. 

Y cuando empecé a comprender al miedo y cómo funciona, y cuando mi cuerpo y mi alma y mi corazón empezaron a habitarse de mí y a integrarse, la mente ya no pudo agrandarse tanto, ya no pudo gritar tan fuerte, y sus gritos ya no resonaron por cada rincón vacío, porque en cada rincón había alguien que se parecía cada vez más a mí.

¿Dejé de tener miedo? Por supuesto que no.

Pero de un tiempo a esta parte el miedo es un mosquito que puede picarme o un bicho que puede morderme, no un monstruo que me puede aplastar.
Y la picadura de mosquito o la mordedura de un bicho molesta, duele, pica, y quizás puede infectarse también. Pero es raro que dañe mucho, aún más raro que mate. 

El miedo es hoy una radio que suena a lo lejos y de fondo. A veces la escucho más fuerte, pero ya conozco su mensaje, ya recuerdo algunas cosas que dice, ya pasé por varios lugares adonde sonaba la misma programación. Muchas veces. 

Sigo teniendo "miedo". Porque tengo mente. Pero mi mente es un monstruo más parecido al de una caricatura que al de una película de terror. 
Que por cierto no me gustan, y cuando no me queda más remedio las veo siempre con un ojo cerrado y una mano tapándome la cara. 

Espantado de miedo.

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