domingo, 17 de febrero de 2013

Abrazos.

No nos detenemos.
Ante nada. Ante nadie.

Existe una senda peatonal, por donde se supone que deben cruzar los peatones. 
Y antes de la senda peatonal existe una línea blanca muy ancha y muy visible, detrás de la cual se supone que deben frenar los coches. 
Pero los coches no frenan, ni en la línea blanca ni en la senda peatonal. Siguen adelante, y algunos apenas aminoran un poco la marcha pasando demasiado cerca de la persona que, aunque no le cedieron el paso, cruzó igual, desafiante, y mira al conductor con una mezcla de ira contenida, soberbia y la sonrisa de superioridad que da el triunfo.

Existe un diccionario, y un corrector de la ortografía. Que se supone que ayudan a quien escribe a que no cometa errores.
Pero la gente no frena cuando escribe. No revisa, no corrige, no activa el corrector, no presta atención. Nadie tiene tiempo, quizás, o a nadie le importa mucho porque pareceríamos estar viviendo en un mundo tan desprolijo, zaparrastroso y anárquico que la suciedad que producimos, los errores que cometemos, la locura en que vivimos se han convertido en moneda corriente a la hora de mostrarle al mundo cómo somos y cómo vivimos.

Existe Google. Allí, como si apretar un botón fuera agitar una varita mágica, se encuentran respuestas a casi todas las preguntas, soluciones a todos los problemas, información sobre casi todas las cosas.
Pero pareceríamos preferir la ignorancia, como si la falta de información fuera para nosotros un escudo y un estandarte, como si esgrimiendo la ignorancia dijéramos que no nos interesa nada de lo que pasa allá afuera.

Existe una fuente infinita de abundancia y esplendor para cada uno de nosotros.
Pero no podemos recibir nada porque no damos nada, y nos limitamos a quejarnos día y noche aunque nos sobre, aunque tengamos todo, aunque seamos todo, de lo que no funciona, de lo que no nos parece, de lo que no nos gusta, de lo que no va según consideramos que debe ir.

No agradecemos nada. Nuestros dones parecerían pertenecernos y las bendiciones que cada día la vida nos regala parecerían obligaciones para con nosotros.

No apreciamos. La comida es engullida sin parsimonia, la información es pasada de largo, las conexiones son puramente utilitarias, los abrazos están vacíos, los besos son dados en el aire, las miradas no tienen intención ni emoción, nuestras palabras y frases están deshabitadas.

Acumulamos. Eso lo hacemos bien.
Echamos culpas. En eso somos profesionales.
Promediamos para abajo. Y luego nos quejamos día y noche porque las cosas no mejoran o no funcionan.

Hoy debo haber visto diez veces a personas tirar cosas en la calle. Sólo en el día de hoy.
Esta semana fui al cine un par de veces. Y escuché todo tipo de faltas de cuidado y de respeto. Conversaciones en tonos altísimos en medio de las películas, gente que come haciendo un ruido inmundo sin que le importe nada de quienes están alrededor, gente que maltrata a los empleados porque se le da la gana, porque viene de tener un día "espantoso" y se le ocurre desquitarse con cualquiera que se cruce en su camino. Gente que pone los zapatos en la butaca de adelante aunque haya alguien sentado. Gente que sale de un estacionamiento como si no existieran otros seres humanos en toda la ciudad, gente que casi atropella a otra gente que cruza, gente que cruza aunque el semáforo esté verde, gente que mete el coche aunque haya alguien esperando antes, gente que grita, insulta, patalea, amenaza, escupe, pega portazos, levanta la mano, y todo tipo de bestialidades, contra otra gente igual de indignada, frustrada, impotente, malquerida.

No hablo para nada de cuando sucede algo que justifique un enojo. Hablo de la vida cotidiana, cuando no pasa nada, cuando alguien entra a comer a un restaurante y pasa de largo de quien lo saluda, de quien le recibe el coche, de quien lo acompaña a su mesa, de quien le sirve la comida.
Hablo de gente que ya llega a los lugares a punto de explotar, buscando una excusa para poder decir "yo no tuve la culpa" o "me provocaron".

Me pregunto si no vemos. Me pregunto si no nos importa. Me pregunto si ya nos parece normal, si ya no nos escandaliza, si ya no nos avergüenza.

Si no vemos que no dejamos pasar a otros.
Si no nos importa que hay gente ahí a nuestro alrededor, gente como nosotros, que ama, que sufre, que padece, que pena, que duele. Si no miramos a esa gente a los ojos y si no los vemos como hermanos, como amigos, como colegas, como nosotros.
Si nos parece normal no saludar, si nos parece normal no agradecer, si nos parece normal contestar mal porque sí, porque es lo que está de moda.
Me pregunto si ya no nos escandaliza darnos cuenta de que tiramos un papel al piso en lugar de guardarlo o esperar un tacho, si no nos da vergüenza pasar por delante de alguien mayor, o menor, o igual, sin dejar pasar al otro primero. Si no nos da vergüenza frenar en cualquier lado, o pasar la ochava cuando ya sabemos que el semáforo nos va a agarrar justo en medio de la calle, y vamos a entorpecer al tráfico que viene de costado. Si no nos da vergüenza no dejar propina, o dejar una moneda cuando disfrutamos de un banquete, si no nos parece indigno de Dios poner el ticket del estacionamiento sobre el mostrador y ni siquiera saludar ni mirar a los ojos al cajero o la cajera.
Me pregunto si ya no nos parece horroroso quejarnos. No digo cuando realmente es necesario, sino todo el día. Porque yo todo el día escucho "hombres" quejarse del clima, del calor, de la humedad, del tráfico, del gobierno, de los empleados, de la bicisenda, del dólar, de la inflación, de las mujeres, del país, de las cloacas, de los servicios, de internet, del cable, de todo.

Todos los días, casi todo el tiempo, veo y escucho gente a la que le sobra todo vivir como si no tuviera nada.

Todos los días, casi todo el tiempo, atestiguo y me horroriza y me apena y me duele lo mal abrazados que vivimos.

No abrazamos. No somos abrazados.
No sabemos abrazar. No sabemos permitir que nos abracen.

Y por ahí pasa todo el asunto. TODO lo que pasa, lo bueno y lo malo, pasa por el abrazo o la falta de abrazo.

Me pregunto adónde vamos a llegar.
Me pregunto adónde estamos yendo.
Me pregunto de dónde venimos.
Me pregunto quiénes somos.
Me pregunto qué estamos haciendo.
Me pregunto qué legado estamos dejando.
Me pregunto qué estamos proyectando, sembrando, generando, transmitiendo, contagiando.

No necesito respuestas. Soy perfectamente dichoso honrando el misterio y el silencio.

Les envío, entonces, un cálido abrazo.
Que ojalá quieran, puedan y sepan recibir.

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Jansenson Magia

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