domingo, 7 de abril de 2013

Hacer el amor


Ayer, luego de comprar cosas en el supermercado para enviar a La Plata, fui a dejarlas en Carranza al 1962, a la Fundación Sí.

Desde una cuadra antes había gran tráfico y se divisaba tumulto. 

Unas chicas con chalecos naranjas organizaban a los coches que debían doblar o seguir derecho para donar. Avancé un poco más, y ahí lo vi: una cuadra ENTERA, en ambas veredas, REPLETA de bolsas de consorcio, cajas, paquetes, pilas y pilas de cosas que la gente donó. 

Y una manifestación. De esas que pueden sacar de quicio a Buda, cerrando casi toda la calle. Pero, la diferencia principal con una manifestación tradicional era que esta gente estaba allí para ayudar. Todos, amablemente, ayudaban a entender por dónde avanzar, a qué velocidad, pegado al coche de adelante, un poco más, todos con sonrisas, sonrisas intensas, ocupadas, responsables, muchos, muchas, jóvenes y viejos jóvenes, amables, pacientes. 
Llegó el momento de parar el coche, y cuando bajé y abrí las puertas para descargarlo (estaba lleno a tope) fue la apoteosis. Aparecieron de repente quizás veinte personas por los cuatro costados. Eficientes, rápidos, claros, certeros, precisos, a tomar las cajas y los paquetes. 

Y empezaron a pasarlos de mano a mano, en una cadena que no tenía fin. Todos hablaban, y todos al mismo tiempo escuchaban: "alimentos", "higiene", "limpieza", "pañales", "agua", "sin clasificar".

Me quedé hipnotizado. No podía ni quería moverme, ni hablar. Necesitaba absorber eso que estaba pasando para que me afectara cada poro del cuerpo y del alma. Necesitaba quedarme un instante más, la eternidad, en ese instante descomunal en que estábamos todos inundados, anegados de amor.

En un minuto el auto quedó vacío. En un minuto todo lo que llevé desapareció con destino de abrazo.

Me subí al coche luego de cerrar todas las puertas, y al avanzar escuché aplausos. 

La misma cadena humana que servía para pasar las cosas, hacia adelante, aplaudía. Sospecho que plaudían para agradecer, para brindar, para celebrar, para bailar y cantar y rezar y pedir y llorar y calmar y acariciar. Aplaudían de verdad, para despedir un encuentro con la divinidad que habita en cada ser humano sobre la faz de la tierra.  

La vida nos trae a este patio de juegos para jugar mientras aprendemos lecciones que purifican nuestras almas. 

No hay buen gobierno que nos evite el karma. Ni lo va a haber. 

No hay reja que nos evite los robos, no hay ciudad que nos evite los accidentes, no hay fortuna que nos evite el miedo. 

Pero hay corazones y almas y actitudes que pueden sortear cualquier desafío que la vida ponga en el camino.

Ayer viví un ritual de esos que desprecian las modas, las tendencias. Ayer comprobé con gran emoción que no hay milagro más grande que cuando los seres humanos abandonan sus clases sociales, sus roles, sus inseguridades, sus frustraciones, sus quejas, sus victimizaciones, y salen a la calle convencidos, enfocados, convertidos en Dios, a usar el enojo para alimentar el motor de la humanidad que habita en todos, aunque no estemos muy acostumbrados a usarla.

Hoy a las cuatro de la tarde voy a volver a ir al supermercado a hacer compras para llevar al mismo lugar.

Ayer, cientos, hicimos el amor. Con verdadera intimidad, con máxima entrega.

Y después de algo así uno casi ya no desea ni puede hacer otra cosa.

Jansenson Magia

Jansenson Magia
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