viernes, 19 de julio de 2013

Otello - De vez en cuando la vida.



De vez en cuando la vida nos besa en la boca.

Hace aproximadamente 500 años un escritor que ha quedado casi en el olvido escribió que una mujer pura y enamorada de su marido llamada Desdémona protagonizaría una tragedia en la que haría honor a su nombre, que significa "destino desdichado". 

Otelo, su marido, daría rienda suelta a su oscuridad víctima de una trampa tendida por su mejor amigo, Yago, que lo envenenaría con un brebaje compuesto exclusivamente de una sustancia poderosa y letal llamada celos.

Esta noche, en el Teatro Colón, José Cura demostró con creces que perder parte de su registro no le ha impedido conducir, desde el escenario e interpretando al personaje principal de la obra, una experiencia trascendente y conmovedora incluso para el petulante y mezquino público de un teatro que ha visto pasar delante de sus ojos a las más grandes figuras de la lírica internacional a lo largo de la historia, y no tolera con gracia ni humildad que un cantante se convierta en director de escena y escenógrafo operístico.

En la voz etérea y encantadora de la italiana Carmen Giannattasio, hoy Desdémona volvió a vivir, a vibrar, a estremecer y luego nuevamente a morir en el escenario, pero a perdurar en los corazones de aquellos que pudimos soslayar los prejuicios y disfrutar de una interpretación magistral.

La Ópera, como género, es probablemente el más complejo de todos, porque conjugar tantos elementos de forma armónica depende de muchas variables, no siempre controlables. José Cura diseñó un escenario circular dividido en tres escenas, y logró que como por arte de magia ese círculo se cierre sin baches y sin obstáculos, con una delicadeza y una precisión dignas de las grandes producciones del mundo.

Esta puesta, brillante en casi todos sus rubros, potenció casi siempre la música y la historia, sin perderse en golpes de efecto, exhibicionismos exagerados, sobreactuaciones ni excesos de ningún tipo. El coro y la orquesta estables hicieron su trabajo con una moderación y un profesionalismo envidiables, demostrando que sí están a la altura de las mejores producciones internacionales cuando cuentan con la guía y la contención imprescindibles para cualquier intérprete o agrupación artística. Todos méritos de un José Cura que no permitió, a la hora del saludo, que ningún participante, incluso quien trabaja desde las sombras en el backstage, quedara sin saludar sobre el escenario en la larguísima  despedida de muy sostenidos aplausos que parecía querer impedir que el telón se cerrara para que la magia durara eternamente.

Mi sobrina y mi madre vieron hoy Ópera por primera vez en sus vidas. 
Yo vi Otello el año pasado en una muy buena puesta de la Royal Opera House, en Londres. Y debo haber visto ya más de 100 Óperas a lo largo de los últimos veinticinco años.

Y para todos nosotros esta noche fue igual de extraordinaria, sorprendente y conmovedora. 

Porque el Arte tiene esas cosas. Hace vivir lo que está muerto, le da un cachetazo a quinientos años de historia y sin inmutarse hace parecer moderno lo que es antiguo, logra unir lo que está irremediablemente separado, destroza las fronteras y se ríe a carcajadas del tiempo, la edad, las clases sociales o la formación cultural y otras lamentables ilusiones de la mente.

Hoy, cualquier persona que vio Ópera por primera vez se enamoró irremediablemente de ella. 
Hoy, cualquier persona que vio mil Óperas recordó por qué la Ópera es única, como expresión del arte escénico, cuando se combinan sus partes para estar al servicio de un todo incomparable con quien nadie ni nada puede competir. 

Hoy participamos de una fiesta inolvidable.
Hoy lloramos durante el aplauso final. Quizás porque no queríamos que termine, quizás por la tristeza de la historia, por la muerte de Desdémona, por la injusticia del destino que en un bello nombre de mujer determina la desgracia. Quizás porque sabemos que la vida nos besa en la boca solamente de vez en cuándo, y si hoy fue cuándo, vaya a saber cuándo será la próxima vez. 

Hoy dos horas y media parecieron veinte minutos.
Hoy nadie quería decir adiós, hoy nadie va a querer irse a dormir, por miedo a despertar mañana y descubrir que la noche de hoy fue parte de un sueño que se va a desvanecer a medida que vaya atreviéndose la aurora.

Hoy todos nos hicimos uno, partes irremediablemente urdidas con el todo, y probablemente casi todos intuimos ya que lo que se vivió hoy en el Colón va a perdurar en nuestros corazones, como el amor de Desdémona, como su "Sauce", como su Ave María y como su "Amén", hasta el infinito, y más allá.

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