jueves, 24 de julio de 2014

No tiene precio.

Hoy al mediodía, mientras hacía tiempo a la espera de una reunión, entré a visitar la librería Eterna Cadencia, en Palermo.

Es una de esas pocas librerías que, independientemente de la situación económica, social o política de nuestro país, siempre está atestada de libros. No solamente los libros que uno ve en casi todas partes, sino libros raros, diferentes, de editoriales desconocidas, de autores nóveles. Eterna Cadencia parece sacada de la imaginación de Carlos Ruiz Zafón, y sus empleados siempre remiten al recuerdo de los Sempere de La sombra del viento. Y a Fermín.

En los quince minutos que tenía disponibles, compré seis libros. Y me arranqué del lugar para llegar a tiempo a la reunión, me tiré a mí mismo un metafórico balde de agua helada, porque siento, cada vez que entro a una librería pero especialmente a ésta y a otras como El Péndulo, en México, que emprendo un trance, o mejor dicho que un trance me habita de repente, absorbiéndome por completo y apagando el botón del encendido de mi mente. 

Me siento vibrar en armonía con el Universo, como diría Papini, cuando estoy entre libros. Me siento menos solo, me siento comprendido, me siento como un bebé en brazos de su madre, o como un muchacho perdido en los besos de su primera novia. 

Compré una antología de cuentos de Felisberto Hernández. Ya tenía una, de la editorial Eterna Cadencia, pero hoy encontré otra, con cuentos diferentes, de editorial El cuenco de plata, con prólogo de Julio Cortázar.

Acabo de leer el prólogo, que es una carta que Cortázar le escribe en tiempo presente a su amigo, un Felisberto Hernández a quien nunca conoció personalmente.

Me conmovió hondamente, Cortázar, que le pregunta a un Felisberto que jamás recibió la carta porque fue escrita mucho después de que el escritor uruguayo había muerto, qué habría pasado si ellos dos se hubieran conocido en alguno de los lugares que ambos frecuentaron pero en tiempos distintos. 

Cortázar le dice a Felisberto algo que le escuchó decir a Felisberto: "Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado".

A veces preferiría no comprar más libros, no entrometerme en más vidas, no espantar más fantasmas y monstruos y ángeles ajenos y propios, no abrir más ventanas y puertas a nuevos mundos que lo único que hacen es provocarme más y más la sensación de todo lo que no voy a llegar a conocer. 

Como dice Borges (también uso el tiempo presente como lo usa Cortázar con Felisberto en la carta "transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes"), lo que más muestran las listas son las omisiones que se han hecho. Creo que me aviva el imperioso fuego de no omitir de la lista de mi vida ningún libro, ningún escritor, ningún cuento y ningún poema, ningún personaje, ningún signo. Y si bien la empresa es imposible, también lo era para Borges cuando, ya ciego, lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, y según sus palabras, Dios le dio al mismo tiempo la infinita noche y los infinitos libros.

Me encontré hoy, no por vez primera, sacando la tarjeta de crédito para pagar una cuenta cuyo monto no conocía, ni me importaba conocer. No es la primera vez que en una librería no pregunto los precios de los libros. Y creo que este hecho, que a muchos les resultará simplemente indigno de mención, es relevante para mí. Rubrica la sensación de que la amistad de Julio Cortázar, que me presenta a un Felisberto Hernández a quien apenas conocía por su obra, que la compañía de esta carta que me inquieta y me desborda de emoción y el atisbo de esas historias que no puedo esperar para leer, el aroma del papel y de la tinta casi frescos, el inconmensurable desborde de frases y párrafos que jamás voy a leer, el colorido y las texturas, los títulos que ya de por sí estimulan y calan hondo, las historias en las contratapas que seducen y sugieren, las posibilidades infinitas, geográficas, históricas, de tonos y de códigos, las combinaciones de símbolos que el azar de la creatividad urdió, la pérdida de la conciencia, la descontaminación, el abandono de la realidad, la sonrisa que no se borra de mi rostro, vaya a saber cuánto más, cómo más. 

¿Cuánto cuesta un libro?
¿Cuánto cuesta un libro de cuentos de Felisberto Hernández cuyo prólogo está escrito por Julio Cortázar?
¿Cuánto cuesta un libro que ya en la carta de su prólogo deja a uno dando vueltas y vueltas por la casa y por la vida de ahí adentro, adonde un terremoto acaba de poner todo patas para arriba?
¿Cuánto cuesta un libro que antes de empezar ya podría haber terminado?

¿Cuánto vale?

Jansenson Magia

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