domingo, 13 de julio de 2014

Una sonrisa de plata

Acaba de terminar el mundial.
Argentina perdió el partido con Alemania, y se llevó la medalla de plata en uno de los mejores mundiales que hemos visto.
Durante un mes los argentinos disfrutamos de una de las más deliciosas fiestas de nuestra historia. Nos emocionamos con la emoción de nuestros jugadores, con la celebración de los partidos de octavos, cuartos y semifinal, con los videos de diferentes procedencias, nos reímos a carcajadas con los memes y las frases y los videos que se hicieron de las perlitas de cada partido, nos deleitamos con las bellísimas mujeres de todas las nacionalidades que alentaron desde todas las tribunas (y las mujeres con los hombres, supongo), nos sorprendimos con la tecnología que nos permitió saborear en detalle miles de momentos notables de un evento deportivo, social y cultural único, nos angustiamos en los momentos de incertidumbre, nos abrazamos en los festejos, soñamos con la posibilidad de cada nuevo paso que íbamos a dar. Nos reunimos con amigos, nos acercamos a la familia, nos miramos a los ojos en la calle con extraños esgrimiendo una especie de sonrisa cómplice, vestimos los colores de nuestra bandera, cantamos, bailamos, gritamos, transpiramos nuestra propia camiseta al mismo tiempo que los jugadores. Sufrimos, claro, también.

Y hoy, perdimos el partido final.

Considero humildemente que tenemos que agradecer el privilegio del disfrute de esta fiesta. Nada más.

Sentir pena o tristeza por no haber podido ser campeones, un poco, claro.

Pero también considero que es inadecuado creer que debíamos ganar. No me parece que la Selección Argentina haya sido más que Alemania, ni que haya tenido el partido controlado, ni que haya hecho méritos suficientes como para ser campeón, frente a la selección alemana que sí los hizo, con creces.

Me explico: Argentina dio lástima durante los tres primeros partidos. En esto hemos estado todos de acuerdo.
Contra Suiza Argentina hizo lo mínimo indispensable como para pasar a cuartos.
Contra Bélgica se empezaron a notar las mejoras en el equipo. Pero, también hay que decir algo que no le he escuchado mencionar a ningún periodista deportivo: al solidificar el planteo defensivo, Argentina desarticuló su potencia y calidad ofensiva. Argentina perdió la capacidad de generar ataques claros, consistentes y profundos. No lo hizo más, casi, hasta el final del mundial. Todo lo que se vio de Argentina desde Bélgica hasta hoy fue una muy buena defensa y una gran capacidad para controlar el juego ofensivo de sus rivales, y al mismo tiempo una incapacidad total para hacer goles. ¿Tuvo oportunidades? Claro. De la misma forma que las puede tener Corea del Sur o Argelia. Esporádicas, de rebote, de un pelotazo, de pelota parada. Estallidos sueltos, que rasparon apenas, pero de ninguna forma perforaron. Argentina hizo dos goles en los últimos cuatro partidos, tres de los cuales fueron de ciento veinte minutos. Uno a Suiza, y uno a Bélgica. Y ninguno más.

Defendió con precisión y solvencia.
Atacó sin potencia ni creatividad.

Fue como si hubiera alcanzado el tiempo de trabajo para ocuparse de la defensa, y luego ya no hubiese habido oportunidad de trabajar en el resto. De seguir construyendo, desde atrás hacia adelante, el equipo completo. Como si Sabella hubiera dicho: primero, que no nos metan más goles. Luego nos ocupamos del resto. Y no hubo tiempo del resto. Se llegó hasta donde se llegó. Y no fue suficiente para el campeonato.

Se le pidió a Messi que haga milagros veinticuatro por siete. Y ni siquiera Dios puede hacer algo así. Los milagros les tocan un poco a todos, no siempre a los mismos, y no todos los días y a todas horas. Messi es un ser humano. Mostró otra vez en este mundial que no puede jugar cuando quiere sino cuando puede. Que no puede hacer cien goles, sino los goles que puede hacer. Pudo menos de lo que nos habría gustado. La vida es así.

Mascherano fue un león. Desde ya. Romero fue la figura de los penales. Una genialidad. Garay mejoró mucho su rendimiento apenas le pusieron al lado a Demichelis. Sí señor. Rojo sorprendió a todos con su buen rendimiento. Aplausos para Rojo. Messi apareció en la primera ronda. Gracias, Pulga, por ser lo que sos.

Y fin.

Alemania llegó a la final con mucho más descanso. Es mérito de ellos. Pulverizaron a Brasil y se ganaron descansar durante ese partido, mérito de ellos. No tuvieron que llegar a jugar alargues, mérito de ellos.
Juegan once tremendos jugadores en cada uno de los partidos que les toca jugar. Pero no juegan con los nombres ni con las glorias ganadas en el pasado, sino cada vez que entran a la cancha. Atacan todos, defienden todos, juegan de memoria, rinden físicamente como nadie, no se desconcentran, tienen un arquero magnífico, y una disciplina envidiable.

¿No es eso un campeón?

Desde el primer partido del campeonato todo el mundo dijo: Alemania es EL equipo.

Hoy quedó demostrado, otra vez más. Buscaron durante todo el partido, y al final lo lograron.

Argentina ha sido un dignísimo equipo que se mereció llegar adonde llegó. Pero no se mereció más. Y no, no nos robaron el partido.  

Los grandes de verdad no viven quejándose de que les roban, de que los estafan, de que atentan contra ellos. Pero los Argentinos no sabemos perder dignamente. No sabemos no ser víctimas. Siempre tiene que haber alguien culpable de nuestras derrotas, siempre tiene que sernos injusto perder. Así somos, y así nos va.

Habría sido injusto, según mi humilde opinión, que Alemania no fuera campeón, aunque por supuesto lo habríamos disfrutado enormemente y no nos habría importado.

Pero sucedió lo que tenía que suceder, lo que decía la lógica, lo que era previsible que sucediera. Y lo que se vio en la cancha.

Alegrémonos de que no fue por goleada. Alegrémonos de la entereza de nuestros jugadores, de la limpieza con la que jugaron, de la elegancia con que se comportaron durante toda la competencia. Alegrémonos de haber llegado hasta aquí, de haber vivido una fiesta inolvidable, llena de estímulos, de emociones, de risas y abrazos y besos y canciones y festejos y sueños y realidades y esperanzas y deseos cumplidos. Alegrémonos de que por primera vez en mucho tiempo, la Selección Argentina fue un EQUIPO y no un compendio de nombres propios en quienes se deposita toda la expectativa para ganar cada partido. Argentina jugó bien, como equipo, y eso a nosotros, como país, debería sernos un ejemplo para empezar a seguir. Abrazarnos como se abrazan estos jugadores, ser humildes como lo han sido para ejecutar las directivas de un técnico que se ganó nuestro respeto para siempre, y hacer lo mejor posible en cada situación, que es lo que se hizo. 

Madurar es mirar a los ojos al rival, que muchas veces somos nosotros mismos, y poder decir: "fuiste el mejor, se hizo justicia, fue un honor perder contra ustedes".

Este mundial lo ganó quien lo tenía que ganar. Y nosotros, si aceptamos, con una enorme sonrisa de plata podemos dedicarnos a seguir los festejos tanto tiempo como se nos dé la gana. Porque lo que sí ganamos lo tenemos bien merecido, y eso sí que nadie nos lo puede quitar.



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