martes, 19 de agosto de 2014

Celebración de un sueño

La noche casi acaba.
La aurora susurra en mi oído: el sueño tiene que llegar a su punto culminante. Como todo.

No quiero despertar. Quiero seguir transpirando, quiero seguir bailando como un loco sin siquiera escuchar la música, quiero seguir participando de este ritual como si no hubiera un mañana.

Imágenes del último mes se superponen como un collage. Escucho un lenguaje que no puedo seguir, mi corazón habla un idioma extraño que parece ser comprendido. Veo gente en una carpa, riendo fuerte, brindando por deseos cumplidos, mirando hacia arriba y viendo sus propios monstruos en una pelea que se percibe como una danza.

Estoy volando, y desde mi asiento puedo verme a mí mismo raptado por un ángel que me ha prometido la inmortalidad.
Corro en círculos, escapando de mi vejez, persiguiendo una juventud que está al alcance de la mano pero es imposible de asir. Estoy llorando, veo un dedo índice con un impresionante anillo de plata que señala a una puerta imaginaria que se abre lentamente para dejar ver una luz blanca que atemoriza a una parte de mí. El piano desgrana una melodía, la reconozco aunque jamás la había escuchado. Giro más y más rápido, la plataforma asciende mientras sigo corriendo, pero mis pies ya no tocan el suelo.

Abro los ojos, es medianoche y estoy abrazando al agasajado, soy el primero que dice feliz cumpleaños. Le entrego el presente que encontré para él. Pregunta cómo supe que le gustaría tanto la flor. Ella le recuerda que soy un mago.
La celebración empieza a cobrar forma.
El conde, vestido con su bata, se acerca y me dice algo que no comprendo. La muñeca me sonríe, juraría que está más viva que la mayoría de la gente que conozco. Los niños preguntan si los movimientos que ensayan son correctos. Les sonrío, me sonrío a mí mismo reflejado en sus ojos. La música empieza y una a una las cabezas giran hacia la pista, poseídas, modestamente al comienzo, hasta que los cuerpos ya no pueden contenerse y eructan como pequeños volcanes. No voy a poder seguirlos, la fiesta pertenece a otras personas.

Me hallo conversando sobre abrazos con una mujer cuyos brazos han estado cruzados sobre su pecho desde que empezamos a hablar. De alguna forma está abierta a escuchar, a recibir, incluso en medio de la lucha interna que sostiene con un monstruo que se niega a soltarla.
Me hallo balbuceando en una lengua extraña otra vez, aprendiendo sobre el verbo mimar a través de las mejillas coloradas de una mujer que me ha enseñado una lección sin decir una sola palabra.
Me hallo deseando que ellos, todos ellos, permanezcan en mi sueño lo suficiente, porque sé que hay un punto de no retorno en cada sueño donde la fantasía y la realidad ya no pueden distinguirse.

Un hombre intenta explicar algo que comprendí antes de que hiciera la primera seña. Otro hombre busca a su ser, perdido. Un hombre cree que tiene la solución para todos los problemas, una mujer tiene preguntas para cada respuesta. Una mujer ha aprendido a confiar luego de haber perdido la confianza, un hombre lucha con su culpa por algo que no hizo. Una mujer cuida tiernamente de todos nosotros desde la sombra. Una sombra se convierte en cada uno de nosotros y refleja nuestra oscuridad de forma amorosa. Su mujer tiene ojos únicamente para él, y en su mirada todos podemos aprender a amar mejor, a amar como nunca antes, como nunca más.

Ahora la imagen se hace borrosa. No puedo reconocerme aún cuando sé que soy quien siente intensamente todo lo que me rodea. Siento que la fiesta se ha convertido en mi propia celebración, mi propia fiesta de cumpleaños, mi propio funeral, mi propia resurrección. El alma más vieja del lugar me hace ver algo que estaba a la vista aunque no lo había notado, mientras la niña me arroja cubos de hielo desde la distancia, siempre desde la distancia. Finalmente me rindo ante lo inevitable: es la hora de despedirme y dejarlo ir.

Estoy manejando hacia mi casa. Mi coche está lleno de calcomanías redondas de distintos tamaños y colores. Cada una es un alma, y a través de ellas puedo volver a cada momento soñado, vivido, disfrutado. Escucho un aria de Las Bodas de Fígaro, y sonrío al recordar la primera vez que vi la ópera, en 2006. Luego de tres horas y media de los llantos y las risas más intensos que experimenté en mi vida, de sentir emociones que jamás antes había sentido, comprendí lo que significa una fiesta, una celebración, honrar la vida en su máxima expresión.

Recuerdo haber sentido que no quería que la obra terminara.

No lo ha hecho.

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