martes, 12 de agosto de 2014

La orquesta sin director.

Acabo de volver del Teatro Colón. 
En el marco del ciclo del Mozarteum 2014, hoy se presentaron Daniel Barenboim y su West-Eastern Divan Orchestra, compuesta por jóvenes músicos israelíes y árabes, basada en el concepto de igualdad, cooperación y justicia por igual para todos y cuyo principal objetivo es mostrarle al mundo que cada individuo tiene el derecho y la obligación de expresarse al mismo tiempo que de escuchar a su compañero, como modelo alternativo a la casi eterna situación de conflicto en Oriente Medio.

La historia de Daniel Barenboim y Eduard Said (su socio y co-creador de la orquesta, ya fallecido) con la West-Eastern Divan Orchestra está llena de logros, premios, ovaciones y huellas dejadas en todo el mundo, pero especialmente en Ramallah, adonde la orquesta brindó un emblemático concierto en 2006. 

El repertorio de esta ocasión es anecdótico, al respecto del motivo de estas líneas. 

La última pieza no lo es. 

El concierto cerró con el Bolero de Ravel. Una pieza que, según las propias palabras de su compositor, "es la reiteración de una fórmula que no busca ser desarrollada, un tejido orquestal sin música, en un largo crescendo muy progresivo, sin contraste y sin invención, con temas impersonales y sin ningún asomo de virtuosismo".

Intuyo que el director eligió esta obra para cerrar el concierto de esta noche porque representa mucho de lo que sucede en el conflicto y también en la orquesta.

En este caso, el de la música, hoy compartimos el encuentro con unos músicos israelíes y árabes cuyo discurso es único, uni-versal, y lo ponen de manifiesto en cada pieza que interpretan. Pero en este caso, los vimos unificar el discurso segundo a segundo implorando, repitiendo la melodía, el motivo, el mensaje, la armonía, la respiración, in-crescendo poco a poco hasta terminar, como en la representación de Ida Rubinstein -la célebre actriz y bailarina para quien Ravel compuso esta pieza de ballet- con una escena orgiástica sobre el escenario. La comunión amorosa entre las almas, que respiran unidas, que se fusionan en la música como en la vida destrozando los límites y las fronteras, las diferencias y las distancias, para ser uno entre todos, para unirse con la música, con el Creador, con la vida. 

Todo esto ya de por sí habría sido suficientemente intenso, íntimo, provocador, maravilloso, inolvidable.

Pero lo más increíble que sucedió esta noche, la sutileza que hizo rayar lo maravilloso en un milagro, fue que antes de comenzar el Bolero de Ravel Daniel Barenboim abandonó la batuta, que dejó prolijamente en el atril de su hijo Michael (primer violín de la orquesta) y se quedó quieto, con sus dos manos apoyadas en la baranda de su tarima mientras los músicos se dirigieron solos durante todo el Bolero.

Esta metáfora increíble, que sólo la genialidad de Daniel Barenboim podía urdir, fue lo que hizo de este concierto un hito en la historia de la música del mundo, y probablemente un hito en la historia del mundo, independientemente de la música. 

Cien músicos jóvenes, israelíes y palestinos, hoy se inmortalizaron interpretando una obra extraordinariamente simbólica juntos, sin necesidad de alguien que les diga lo que tienen que hacer, sin necesidad de que su director les imponga reglas, ni leyes, ni dogmas, sin necesidad de que les expliquen, sin necesidad de palabras, ni contratos, ni amenazas, ni lenguajes, ni siquiera señas. 

Hoy el mundo tuvo, al menos dentro del Teatro Colón y durante los diecisiete minutos que dura el Bolero de Ravel, el entendimiento más completo que se puede lograr, la amorosidad total, la vibración perfecta, la paz más absoluta que se puede soñar.

Hoy la música fue anecdótica. Fue el punto de partida para una experiencia de esas que se viven apenas alguna vez en cada existencia. 

Hoy otra vez entendimos que el arte es mucho más que lo que algunos quieren hacernos creer. Hoy otra vez nos dimos cuenta de que hacer música apretando teclas como dice la partitura es solamente un indispensable punto de partida para lo que podría llegar a ser arte. 
Pero apretar teclas por sí solo no es arte. 
El arte es mucho más. 
El arte puede (y debe) abrirnos puertas, tomarnos de la mano, ayudarnos a cruzar los puentes hacia lo invisible, enseñarnos a hablar todas las lenguas, invitarnos a la reflexión, al festejo, a la comprensión y a la compasión, a la alegría y a la tristeza, elevarnos a todos los cielos posibles y sumergirnos en las profundidades de nosotros mismos y del mundo, acariciarnos y abrazarnos para hacernos sentir que hemos vuelto al hogar de nuestro corazón.

El arte puede (y debe) transformarnos en quienes verdaderamente somos, debe quitarnos la armadura, revelarnos aquellas cosas que de cualquier otra forma nos sería imposible mirar y ver, empujarnos hacia el vacío de nuestro interior, obligarnos a bailar con nuestros monstruos más temibles, hacernos compartir la mesa y el pan y el vino con nuestros más odiados enemigos, convertir a nuestros amigos en hermanos, hacer desaparecer las limitaciones del tiempo y el espacio y permitirnos trascender nuestras propias limitaciones para ser todo lo que estamos destinados a ser.

El arte puede (y debe), finalmente, sanarnos. Devolvernos el esplendor.  

Hoy todo eso sucedió en el Teatro Colón. Hoy, de la mano de un músico que es mucho más que un músico y de unos jóvenes músicos que son mucho más que músicos y que jóvenes, los que participamos de esta experiencia exquisita y milagrosa atisbamos juntos la eternidad. 


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