martes, 10 de febrero de 2015

Dame la mano y vamos ya

"... un frío e invisible forastero a quien los médicos llamaban Neumonía
empezó a pasearse furtivamente por la colonia, tocando a uno aquí
y a otro allá con sus dedos de hielo.
- Doce -dijo. Once… diez... nueve...

Johanna, postrada en la cama, miraba por la ventana 
y contaba las hojas que quedaban sobre la enredadera de hiedra. 
Y estaba segura de que cuando cayera la última de todas, 
su vida, liviana y frágil como una hoja, 
se desprendería también de la tierra para siempre.
- Tres... dos... una...
A la mañana siguiente, después de la violenta lluvia 
y de las salvajes ráfagas de viento que duraron toda esa larga noche, 
aún pendía, contra la pared de ladrillo, una hoja de hiedra. Era la última.

Pasaron dos días. El invierno arreciaba terrible sobre el Greenwich Village. 
La última hoja todavía estaba ahí."

Siempre me decía que yo era
el único que no lo tuteaba.
Yo me preguntaba cómo tutearlo.
¿Cómo se tutea al horizonte?
¿Cómo se tutea al silencio?
¿Cómo se tutea a la noche?
¿Cómo se tutea al misterio?

Para tutearse con el horizonte
hay que haber trascendido todos los límites.
Para tutearse con el silencio
hay que haber escuchado todos los ruidos.
Para tutearse con la noche
hay que haber nombrado todas las estrellas.
Para tutearse con el misterio
hay que haber muerto;
hay que haber vuelto a nacer.

¿Cómo podía tutearlo?
Usted era, y siempre será, el horizonte,
el silencio, la noche y el misterio.
Insondable, inalcanzable, inclasificable, infinito.

Me preguntan qué me enseñó.
Yo respondo que me enseñó a estar,
permanecer, sin hacer y sin decir.
Que me enseñó a encontrar la parsimonia,
a cortar lo que sobra con la tijera.
Me enseñó a comprender por qué hacemos,
por qué decimos, para qué estamos.
Me enseñó a escuchar y habitar las palabras,
a pensar y a dejar de lado el pensamiento.
A escuchar la música, pero sobre todo
a oír los espacios en blanco de la música.
A desafiar la ilusión del tiempo y el espacio,
a llegar a tiempo, a comer despacio.
Me enseñó que a uno le toca lo que le toca,
que no hay vinos malos ni mujeres feas,
que vale más el silencio que el aplauso,
la crítica sana que el elogio impostado.
Que una minúscula articulación
del dedo meñique de su mano
logró, como deseaba su amigo,
humillar a todas las máquinas del mundo.

Pero cuando respondo qué me enseñó,
siento hablar a un extraño en mi voz.
Y al tiempo que sonrío y recuerdo
me digo "qué sé yo qué me enseñó".

Estuvimos, Comanche querido.
Celebramos, che! manco admirado.
Compartimos, Maestro admirado.
Consagramos, Maestro querido.

Usted prometió recorrer
el mundo con una baraja.
Usted prometió pintarnos
unas ilusiones con las cartas.
Y aunque el temible forastero
lo haya tocado en el hombro,
permanecerá usted aquí
eternamente intuteable,
apoyado en la enredadera,
liberado de su mazmorra,
como permaneció para siempre,
pintada, aquella última hoja.

1 comentario:

  1. La sentida despedida del discípulo al maestro. La sentida pertenencia de aquellos que amamos su magia. Y especialmente, el homenaje de aquellos que con sus ilusiones nos abrió la mazmorra de nuestra imaginación, para ser verdaderamente LIBRES. Profundamente compenetrado por tus palabras!!!!

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