sábado, 28 de marzo de 2015

Teatro

Hoy es el Día Internacional del Teatro.

Hoy pensaba en todas aquellas personas que jamás fueron a un teatro, o que sí fueron, pero tuvieron una no muy buena experiencia y luego no volvieron a probar. Pensaba en las nuevas generaciones, que nacieron y crecieron en la era del entretenimiento digital, en la que con sólo apretar un botón uno puede acceder a "todo el entretenimiento del mundo" (cito un comentario de alguien evidentemente de esa generación) desde la "comodidad" de su sillón favorito.
Hoy pensaba en todo lo que se pierden, se han perdido y se perderán quienes no conocen o no han tenido el privilegio de vivir una verdadera experiencia teatral.
Emiliano, nuestro compañero y amigo, dijo ayer al final del ensayo general que se sentía una energía especial, una atmósfera mágica, no por una situación o un efecto específicos del espectáculo, sino por todo lo que estaba pasando al tiempo que no parecía pasar nada especial.
Hace dos semanas volví de un viaje a New York, adonde fui especialmente a ver seis espectáculos en apenas cinco días. Y allí yo mismo sentí casi en cada experiencia algo similar: la sensación en el cuerpo de que algo misterioso estaba pasando, de que algo más que la obra propiamente dicha vibraba de una forma movilizadora más allá de lo que lo hacían los textos, o las interpretaciones, o la música. Salir una noche, y la noche siguiente y la siguiente de cada lugar era salir a un frío diferente, a un hambre diferente, a un sabor del arroz diferente, a un sueño diferente, a una vida diferente.
El teatro, en tanto experiencia sagrada de transmisión, no ha podido, no puede y no va a poder ser reemplazado por una reproducción digital, sin importar cuánto avance la tecnología. El encuentro entre personas alrededor de un fogón simbólico a invocar, a evocar el Misterio es único, irremplazable. Conmueve y transforma como casi ninguna otra cosa puede hacerlo. El teatro ha sido siempre el espacio y la situación para compartir, desde la sensibilidad de quien sentía, la vida de unos colores más nítidos, más variados, más intensos, más vívidos. El teatro sabía mostrar un mundo más allá del mundo sin salir del mundo, situaciones reales que la gente real no se permitía o no sabía o no podía experimentar, el teatro decodificaba mensajes para aquellos que no podían comprender pero estaban listos para recibir la transmisión, emprender el camino, izar las banderas. El teatro animaba (llenaba de alma) a los públicos, recordaba (volvía a pasar por el corazón) una existencia llena en un mundo cada vez más vacío. Quién puede decir todo lo que el teatro ofrecía, quién puede decir todo lo que el teatro brindaba.
Ése es nuestro horizonte.
Un horizonte al que evidentemente no pretendemos llegar, pero hacia el que siempre estiramos nuestros brazos con el mismo ahínco, con la misma pasión, con la misma entrega, con la misma emoción. Ése es nuestro objetivo, y no nos asusta que sea demasiado pretencioso o inalcanzable. Disfrutamos del viaje, del proceso, de la emoción que nos inunda mientras nos preparamos para andar el camino que se hace al andar. Adonde lleguemos llegaremos.
En este caso, vamos a volver la vista atrás, para intentar recuperar lo que ya no se ve pero no ha desaparecido. Vamos a devolvernos al presente, como un presente, el ritual, el abismo, la caída, el pasaje, el renacimiento, el juego, las risas, la capacidad de soñar, la incertidumbre ante la idea de que algún sueño se haga realidad, la expectación ante el vacío, la sorpresa y el asombro ante lo que se revela, la emoción por lo descubierto, el disfrute del encuentro con aquello que aparezca, el agradecimiento por la posibilidad de formar parte, la celebración de la experiencia y el regreso a lo cotidiano desde otro lugar: mágico, renovado, quizás eterno.
Dentro de cinco días. Los esperamos.

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