domingo, 19 de abril de 2015

La vida mágica

La vida mágica de Norberto Jansenson. 
Por Christian Nobile, para InfoBae
Publicado el Jueves 16 de Abril de 2015

Hay quienes creen que es en la infancia cuando nuestra personalidad adquiere su verdadera forma. Con el tiempo crecemos, nos volvemos adultos y muchas veces abandonamos esa magia que alguna vez habitó en nosotros. Norberto, o Jansenson, como lo conocen todos, jamás se dio por vencido y eligió dar batalla. Aún cuando muchas veces le dijeron que debía asumir su "adultez" o, lo que es lo mismo, volverse "uno más del sistema", él decidió hacer lo contrario y seguir explorando la fantasía y el ilusionismo. Esa búsqueda lo llevó a ser quien es: un prestigioso narrador de historias que encontró en la magia y en los relatos su verdadero ser. "Dicen que nos transformamos en lo que tenemos que ser, si queremos realmente hacer nuestro propio camino", reflexiona en esta charla. 

- ¿Elegiste a la magia o la magia te eligió a vos? 

Yo creo que de alguna manera la magia nos elige a todos, y no te convertís en mago porque mago ya sos desde el nacimiento; te convertís en otra cosa cuando empezás a crecer. Como el mundo de la magia es tan difícil de controlar, de circunscribir, en algún momento te educan para que te conviertas en "menos" que mago. Mis padres y los que me guiaron se olvidaron, o tal vez por generosidad, o negligencia, dejaron pasar ese momento de decir -"Bueno, ya está, dejá de jugar y convertite en alguien serio". De golpe, un día me di cuenta de que ya era grande y seguía jugando a la magia. Por eso digo que la magia me eligió y yo elegí nunca abandonarla.

- ¿Tenés recuerdos de tu infancia? ¿Te sentías solo? 

La mayoría de mis recuerdos son de alguien que yo fui estando solo. Siempre fui muy solitario. Tenía dificultades para relacionarme con los chicos de mi edad. En el country donde pasamos los veranos mis amigos se iban a desinflar ruedas de bicicletas, y yo sabía que no quería hacer eso. No sabía muy bien qué tenía que hacer. Siempre tuve los libros cerca como compañeros de viaje; siempre me sentí comprendido por ellos, identificado con lo que se contaba o con algún personaje. Un poco más grande me sentí acompañado por el cine, y luego por el teatro, pero siempre en soledad y no con mis contemporáneos. Tengo presente un cajón de abajo de mi cama, donde guardaba los Rastis, y del otro lado las cosas de magia. Volviendo de la escuela, luego de hacer mis tareas, practicaba, inventaba un mundo propio. 

- ¿Te pasaba de darte cuenta que quizás en la realidad que todos vemos había algo más?

Un día viajaba en colectivo, estaba sentado en el último asiento y en la parada de Santa Fe y Coronel Díaz subió alguien, una persona mayor que yo. Yo tendría 13 años, estaba leyendo un libro. Esta persona me mira y dice: "Claro, en realidad es así, primero es el espíritu, después el cuerpo y después la mente, aunque la gente se confunde y pone la mente antes que todo. Ojalá que sigas este consejo". Terminó de decir eso y se bajó. Hubo muchos momentos de estos, en los que me desconectaba de la realidad para irme a buscar este tipo de estímulos en otro lugar. Tengo muchos recuerdos en los que vuelvo a conectar después de haber quedado "colgado" contemplando algo. Vivimos urgidos por la realidad que nos estimula todo el tiempo y no nos damos tanto espacio ni tantos momentos para poder digerir tanta información. Desde chico supe que debía tener momentos para que todo eso que me habían tirado encima se pudiera acomodar dentro de mí, y para que yo pudiera realmente entender qué hacer con eso. Cuando trato de encontrar de dónde vienen los textos que hoy comparto en el escenario, recuerdo despertar de madrugada para escribir sin parar. Todavía sigo leyendo diarios de mi infancia y mi adolescencia y me sigo sorprendiendo de cuánto había dentro de mí que hoy sigo volcando en lo que hago. 

- ¿Te costó liberar el potencial que tenías dentro? 
Me parece que todos nos pasamos, si somos buscadores, toda la vida intentando liberar ese potencial. Desde que tengo uso de razón he hecho terapias, cursos, seminarios y retiros para intentar poner en su lugar algunas cosas que yo intuía que no estaban tan derechas como me habían dicho; para tratar de enderezar el camino o tratar de enderezarme a mí mismo en ese camino. Me parece que todos estamos buscando por dónde y cómo lograrlo, lo que pasa es que algunos nos animamos a manifestarlo más abiertamente y podemos decir "yo pido ayuda porque realmente no sé cómo se hace". Y existen otras personas que sacan el pecho y tratan de venderle al mundo que ellos sí saben. Pero llegan momentos en que la realidad no pone de frente una pared, que nos quiere decir "sin ayuda, de acá no podés pasar." O tal vez "sin un poco más de conocimiento, de reflexión, no podes pasar". 
Todavía sigo buscando.

- ¿Lográs distenderte arriba del escenario? 
Disfruto cada vez que me subo al escenario. Me sorprende cuánto he cambiado desde la última vez que me subí a hacer un espectáculo completo. Acabo de estrenar Evocaciones: 30 años en 120 minutos, y quizá pueden parecer pequeños detalles pero para mí es un mundo: poder soltar la solemnidad que me acompañó toda la vida y se me quedó atragantada, que no me permitía expresar ciertas cosas, o incluso haber cambiado hasta físicamente. Recuerdo una función hace muchos años atrás, en el Parque de la Costa, en la que que movía los brazos pero mis codos estaban pegados al cuerpo y no los podía despegar. Y miro los videos hoy, me veo y me da ternura aquél joven que fui y que no sabía cómo utilizar su cuerpo para expresar lo que sentía, porque a lo largo de los años finalmente he podido lograr abrir mis brazos cuando tengo que abrazar, y ya no estoy tan arraigado a vaya a saber qué vergüenzas y culpas que estaban en mí hace tanto tiempo. Es un camino que ojalá no termine nunca. 

- Evocaciones: 30 años en 120 minutos, el espectáculo que estás presentando los jueves en Sala Siranush, ¿te posiciona definitivamente como un "narrador de historias"? 
Mi maestro René Lavand era un contador de historias y yo siempre quise, de alguna forma, seguir por ese camino. Pero más allá del "quise" que yo expreso y que se dice tan fácil, me parece que no pude hacer otra cosa. El diagnóstico que me han hecho en algún momento para saber qué ha pasado con mi vida relata una historia familiar en la que no se han contado las historias... Tengo una tía desaparecida en la época de la dictadura militar, historia que nunca se contó, y otras cosas que mi familia ha decidido callar porque sus representantes decidieron a cada momento que era mejor "callar que contar". 
Dicen que nos transformamos en lo que tenemos que ser, en lo que necesitamos ser para poder cambiar ese destino que parece que estuviera escrito, si queremos realmente hacer nuestro propio camino, y me parece que más allá de que quisiera o deseara, no habría podido convertirme en otra cosa. 
De alguna forma, dentro de mí alguien decidió que ya era tiempo de dejar de callar, de no decir, y que había llegado el momento de empezar a hablar. Cuando me di cuenta de este proceso interno que estaba dándose, ya era un contador de historias, pero cada vez más lo empecé a hacer con mayor libertad, propia y ajena. 

- Pienso en René Lavand, te escucho hablar y te pregunto: ¿qué podemos aprender todos de la magia? 

Sobre todas las cosas podemos aprender que los dos mundos que nosotros queremos definir como realidad y fantasía, o visible e invisible, no están tan separados. De hecho, no se pueden separar. Podemos hacer fuerza e intentarlo, pero la pelea está perdida antes de empezar. Es imposible que una persona viva solamente en lo que se llama "realidad", o que esté en contacto solamente con lo "invisible". En el formato occidental, capitalista y moderno, nos relacionamos sólo con lo que podemos ver o tocar. Sin embargo lo invisible nos persigue todo el tiempo y se nos aparece en todos los lugares. Lo que yo hago desde el escenario es intentar compartir una mirada, invitar y motivar a la gente a relacionarse con ello de forma más espontánea y un poco más abierta. Y trato, también, de fundir esos límites durante esa experiencia de dos horas en el teatro para que la gente vislumbre cómo pueden convivir esas dos formas, sin necesidad de estar separándolas, porque en realidad somos mejores cuando integramos nuestra partes. 

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