martes, 1 de marzo de 2016

Ataduras

Hoy a la mañana leí un artículo sobre la agonía de la corbata en el guardarropas masculino.
El texto decía que acaba de cerrar sus puertas la empresa Tie Rack, que durante muchos años fue un ícono de la vestimenta y la formalidad masculinas, porque tenía locales de venta de corbatas en casi todos los aeropuertos de Estados Unidos y en muchos aeropuertos de Europa. En la nota se hace mención a que la desaparición de la empresa está relacionada con la sostenida ausencia de la corbata en el atuendo, tanto en el trabajo -porque ya no se requiere su uso como muestra de formalidad ni de superioridad-, como en el ámbito social -porque ya no demuestra status, ni poder, ni pertenencia-.

En el presente, casi ninguna -o ninguna- compañía del mundo obliga a sus empleados a usar corbata, y los códigos de vestimenta estrictos han desaparecido casi por completo. Hoy hay muy pocos ámbitos en los que se requiere, aconseja o sugiere el uso de la corbata.

El artículo menciona que, en la actualidad, la ausencia de corbata muestra una disposición más natural para el intercambio con el otro, una apertura y una entrega al trabajo que está a la mano, una formalidad menos acartonada, una relajación en el intento por mostrarse superior o por controlar el entorno, y otras virtudes que hoy el hombre desea expresar. 

Yo quisiera expresar, en cambio, mi voto a favor del uso de la corbata. 

No a favor del uso de la corbata en el atuendo ajeno. Sino en el propio. 
No por obligación, sino por deseo. 

Considero que los motivos principales por los que la mayoría de las costumbres y tradiciones se abandonan, son la pereza y la supuesta falta de tiempo que se tiene para llevar a cabo ciertos rituales que -a mi criterio- son indispensables para el bien-estar de la humanidad. 

Considero, como decía el personaje de Russel Crowe en la película Gladiador, que lo que hacemos aquí hace eco en la eternidad. 

Estoy a favor de caminar una milla más de la que se me paga por caminar. 
Estoy a favor de hacer las cosas porque uno simplemente hace las cosas. Las hace. Aunque llueva, aunque el viento haya cambiado, aunque haga frío, aunque uno esté cansado, aunque no tenga tiempo, aunque pase lo que pase. Las hace.

Estoy a favor de agasajar a los demás, aunque sea en el breve ritual de elegir el vestuario que uno va a usar durante el día, para encontrarse con el mundo ya sea en el ámbito laboral como en el social o familiar. Estoy a favor de la idea de que, cuando salimos a la calle, somos parte de una obra que los otros aprecian. Estoy a favor de la idea de que la vestimenta es una obra de arte que uno tiene el privilegio de llevar puesta. Estoy a favor de decir "esto es lo que yo elijo, diga la moda lo que diga". 

Estoy a favor de usar corbata -justamente- porque no es obligatorio, porque no es necesario, porque no está de moda, porque no dice nada de mí, salvo que yo elegí usar esa prenda en determinada ocasión. Yo uso corbata porque me gusta, porque honro al usarla a mi abuelo -que siempre usaba, incluso dentro de su casa, con el nudo flojo-, porque el ritual de hacerme el nudo me permite estar presente y concentrado en el aquí y ahora, porque quiero que la gente con la que me encuentro sepa y sienta que a mí sí me importa, que yo sí me preparo especialmente para ir a su encuentro, que yo sí noto la diferencia en los detalles, cuando alguien que me recibe ha prestado atención a los detalles. 

No estoy seguro, en cambio, de que la ley del menor esfuerzo en todo nos haga algún bien. Y para compensar la ley del menor esfuerzo en muchas cosas, yo quiero hacer esfuerzo en algunas otras cosas. Pocas. Pero significantes. 
Para compensar el hecho de que mi café se hace solo -y en menos de un minuto-, para compensar el hecho de que hoy yo puedo, en mi casa y en mi coche, elegir la temperatura exacta que quiero que haya, para compensar el hecho de que mi coche decide cuándo encender las luces internas y externas y cuándo apagarlas, para compensar el hecho de que hoy en día puedo acceder -inmediatamente- a cualquier información del mundo con sólo apretar un click y sin moverme de la silla. Para eso. 

Entonces, cuando me visto, en determinadas situaciones, elijo una corbata, y un pañuelo, para complementar mi vestuario. Elijo, sí, un poco de informalidad en la combinación para lo social, y elijo, sí, unos colores o texturas que me ayuden a expresar que usar corbata también es para mí un juego. 

Hace un par de semanas, en Pal Zileri -una marca italiana que tiene un pequeño local en el microcentro de Buenos Aires-, compré tres corbatas tejidas casi iguales: una negra de seda, una negra de lana y una gris y negra de lino y algodón. Estoy casi seguro de que, quien las vea puestas, no podría notar la diferencia entre ellas. 

Y esa es, precisamente, la idea. 
Yo sí puedo. Para mí la corbata sí expresa poder. 

Pero allí es donde la palabra "poder" cobra relevancia. Y donde es necesario mencionar una sutil pero fundamental distinción: empleo la palabra poder en tanto "posibilidad", y no en tanto "imposición de fuerza o superioridad". 

Poder en tanto potencial. Poder en tanto virilidad, deseo, determinación, proactividad, acción, ejercicio de la libertad.

Para quien me conoce, o para quien desea conocerme, o para quien comparte esta filosofía, allí radica toda la diferencia. 

Jansenson Magia

Jansenson Magia
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