jueves, 2 de febrero de 2017

Mano a Mano, René y yo.

Hoy es un día muy especial.
Hoy lanzamos un proyecto en el que he trabajado durante los últimos dos años.

Es un libro, en el que relato historias sobre el vínculo que tuve, durante veinticinco años, con mi maestro René Lavand. 

El título del libro es "Mano a Mano, René y yo."

13 capítulos, como si fueran los valores de un palo de la baraja -en este caso, los corazones-, mezclados a ley de juego.

El libro se presenta en dos versiones, ambas en formato digital: un eBook, en PDF, y un AudioBook, en MP3.

Ambas versiones, juntas o separadas, pueden comprarse únicamente a través de nuestra web:
www.jansenson.com

Por unos días, y para tentarlos a disfrutar de la experiencia completa, escrita y narrada, les ofrecemos un precio especial del combo eBook + AudioBook.

Aquí debajo les comparto un fragmento del primer capítulo, para que espíen una pincelada del contenido:

6 de Corazones

I - Brillo

En Embrujo decían que yo era parte del mobiliario, que se me veía sentado en el box número cincuenta y tres en los planos del restaurante. Muchos clientes creían que yo era el dueño. Para mí, el lugar era un salvavidas: me rescataba durante algunas noches de angustia en las que deseaba salir y no tenía con quién.
Esa noche se realizaba el quinto show del ciclo de René, que se presentaba los viernes y sábados del mes. Lo fui a ver a todas las funciones, y en cada una de ellas me senté en ese mismo box cincuenta y tres ubicado al fondo, junto a la puerta de vidrio que custodiaba Ángeles.

Conversábamos con Pablo Pol, uno de los dueños, cuando irrumpió René con su sombrero de estanciero, el sweater de cuello alto verde inglés de lana trenzada, la mano derecha -que le regaló otro mago, Lennart Green- siempre metida dentro del bolsillo, la mano izquierda en alto -con el anillo de sello en el meñique- saludando de lejos a Gabriel, el cajero. Lo seguía Nora, vestida de negro, con el portatraje doblado sobre su brazo derecho, diciéndole en silencio al mundo, en ese símbolo, quién era la que llevaba los pantalones.
René le dio un beso a Angie y nos vio.
- ¡Norberto! ¡Otra vez vos acá! -me gritó, y le dijo a Pablo-, ¡qué paciencia tiene este hombre, no sé cómo no se harta de ver siempre lo mismo!
- Y... quiere aprender, René -le dijo Pablo y me guiñó un ojo-, a lo mejor viendo mucho algún día aprende algo.

Me levanté para saludar a Nora, que me preguntó:
- ¿Tu hermano no vino?
- No -dije-, hoy tenía un compromiso de trabajo.
Nora hablaba poco. Pero cada vez que decía algo yo no podía evitar envidiar a René, por la calidad y la sensibilidad de la mujer que había encontrado y elegido para compartir el camino.

René lo increpó a Pablo:
- ¿Hoy viene el sonidista de verdad, o vas a repetir vos otra vez el desastre que hiciste la semana pasada?
Pablo se rió.
- No, René, la semana pasada fue mi debut y despedida como operador de sonido. Hoy viene Peceto.
- Menos mal. El sábado el público tuvo que padecer a un prestidigitador manco y a un sonidista sordo. ¡Es pedirle demasiado a la pobre gente!
Nora le reprochó con un golpecito en el brazo.
- Ay, René, no seas cruel... No te van a querer traer más.
- Tenés razón, lo hizo fenómeno. Me miró y me dijo en voz baja: - Gracias a Dios que hoy viene Peceto... -y subió la voz para decir con picardía- me voy a cambiar. Hay un... vinito, ¿no?
- Me extraña, René -dijo Pablo abriendo los brazos con las palmas hacia arriba-, le preparé un Vasco Viejo en damajuana que le va a encantar. Ya está a la temperatura justa esperándolo en el camarín, con unos vasos de telgopor di-vinos.
René se rió con ganas. Pocas veces lo vi reírse así.

El lugar estaba repleto de gente. Pablo me pidió permiso para invitar a una pareja de chilenos a sentarse con nosotros -un mago aficionado y su mujer-asistente- porque ya no quedaba ningún otro lugar libre.
Luego del video de presentación, René salió al escenario. Apenas lo vi algo me llamó la atención, pero no pude distinguir qué era. Me distraje, en el intento de descubrir lo que estaba fuera de lugar, y me perdí su Juego Credencial, el que hacía -según sus palabras- "para lograr la relajación que todo artista necesita antes de entrar en tema, el efecto que hace para decir: - Acá estoy, este soy yo, bueno, regular o malo... Pondré lo mejor de mi técnica en la baraja y lo mejor de mi corazón en ustedes."

Yo sabía sus textos de memoria. Generalmente me encontraba en el medio del show diciéndolos junto con él, sin darme cuenta.


"- A este juego le puse como título As-Dos-Tres-Cuatro, en un derroche de creatividad...
Es un juego de ritmo, que le gusta a mi mujer.
Y además lo hago muy bien.
Mire, señora: Pongo el As arriba de la baraja y lo saco de abajo, pongo el Dos abajo y lo saco de arriba. Pongo el tres al medio y al revés y lo saco de abajo y al derecho, y pongo el cuatro abajo y al derecho... ¡y lo saco del medio y al revés!
¿No lo hago bien?"

Me hacía emocionar ver trabajar a René. Pero no sólo cuando contaba sus historias, o al final de una rutina, sino en cualquier momento, en todo momento. Me emocionaban su orgullo y su porte, su capacidad para hacer foco en cada instante del espectáculo, como si fuera el último de su carrera, tanto en el movimiento como en la quietud, en la palabra o el silencio. Me impresionaba la dignidad con la que reparaba algún error ínfimo que cometía su mano cansada, imperceptible para el público, pero vergonzoso para él. Me conmovía la tragedia que atravesaba cada uno de sus silencios, la pérdida no resuelta, que hacía eco en el paño verde, y al mismo tiempo reverberaba en las cosas que cada uno de nosotros había perdido y no había podido lamentar.

Jansenson Magia

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